Abelardo de la Espriella, candidato de la derecha colombiana, es la nueva amenaza continental del avance de la derecha en América Latina. Para sus “adversarios” es un fenómeno vinculado con Trump, Milei y Bukele. Para sus simpatizantes, es el único capaz de sacar al país del caos. Misma fórmula vista en Chile, Argentina, Costa Rica y Honduras.
Las elecciones en Colombia y en Perú son sólo piezas de un tablero que se mueve en Latinoamérica como un fenómeno regional y el cambio político más relevante de la última década.
La derecha está creciendo en la región porque los gobiernos progresistas decepcionaron a quienes prometieron proteger y representar. Los largos debates ideológicos no funcionaron frente a los problemas cotidianos como la inseguridad, las economías estancadas, la corrupción, los nuevos caciques y los servicios públicos inoperantes. Estos gobiernos prometieron combatir los privilegios y lo que hicieron fue construir una nueva élite administrando un sistema económico precario. Como explicaba Paulo Freire: “Cuando la educación no es liberadora, el sueño del oprimido es convertirse en opresor”.
El vacío y el abandono de los gobiernos de izquierda se comenzó a llenar con figuras disruptivas (muchas, impresentables) que ofrecen autoridad, orden, disciplina y confrontación. Nayib Bukele convirtió la seguridad en su eslogan y bandera continental. Milei tradujo el hartazgo económico en una revolución política. Mientras tanto, Donald Trump sigue siendo la referencia para aquellos sectores que consideran que el Estado dejó de proteger a los ciudadanos. Ejemplo claro, Daniel Noboa en Ecuador, que capitalizó el miedo al crimen organizado. Liderazgos que nacen a la sombra de instituciones tradicionales que no resuelven el día a día.
LA OTRA FANTASÍA
Estas nuevas derechas construyen una narrativa muy vendible y eficaz. Prometen seguridad, crecimiento y orden. El problema comienza cuando las promesas no se materializan y ahí está la aprobación del presidente Trump como muestra.
Javier Milei llegó a la presidencia argentina ofreciendo prosperidad y estabilidad. ¿La realidad? Consumo interno debilitado, miles de empresas desaparecen, el desempleo prevalece y la clase media se sigue erosionando. Ya lo dice la sabiduría popular: “No es lo mismo ser borracho que cantinero”.
Del otro lado está El Salvador, con Nayib Bukele, que genera admiración por la baja en los homicidios y el crimen organizado; aunque se documentan detenciones arbitrarias, restricciones a libertades fundamentes y una concentración creciente de poder.
Relativizar derechos a cambio de seguridad y el orden podría parecer cómodo para algunos, pero es la vía más rápida para que el poder acumule facultades extraordinarias y elimine los contrapesos. Se comienzan a normalizar los autoritarismos y a ver los derechos humanos como obstáculos y a la prensa como un adversario al que hay que neutralizar.
Los extremos siempre polarizan y enferman a la sociedad. La izquierda radical convencida de que encarna al pueblo. La derecha radical considerando que los límites institucionales son una molestia. Ambos terminan concentrando el poder.
Décadas de improvisación y destrucción sistemática tienen a la ciudadanía agotada, mientras ninguno de los polos cuenta con proyectos para construir sociedades más prósperas, justas, libres y democráticas.
En Latinoamérica tenemos la costumbre de enamorarnos de las promesas rápidas y los atajos... y siempre terminamos en el mismo hoyo.
