Brasil vota, América gira

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

Nuestra América Latina lleva años buscando algo nuevo; ese amanecer que traiga justicia a una región golpeada por el saqueo, la violencia y la corrupción. El problema es que, una y otra vez, terminamos votando por los mismos apellidos.  

La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil de este domingo atrae las miradas del mundo. Puede ser la pieza que termine de inclinar hacia la derecha el mapa político de la región o el dique que contenga una corriente que, por momentos, parece inevitable. La dimensión de lo que está en juego trasciende a Lula, a los Bolsonaro y, obviamente, las fronteras brasileñas. Si cae Brasil, el progresismo latinoamericano pierde mucho más que otra presidencia: perdería el único contrapeso regional económico, diplomático y político suficiente para plantarse frente a Washington sin pedir permiso. México quedaría prácticamente solo frente a una región que se va pintando de derecha.

La ironía está en los hombres y nombres para representar “el futuro”. Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, que comenzó su carrera cuando una buena parte de los brasileños ni había nacido, disputó su primera elección en 1989; ahora busca un cuarto mandato. En el otro extremo tampoco apareció la renovación. Como Jair Bolsonaro no puede competir por ser un convicto, hubo que buscar a otro… Bolsonaro. Su hijo Flávio que recibe un apellido que incluye una maquinaria política, millones de votos y una imagen que causa devoción o repugnancia, pero nunca indiferencia.

¿UNA ELECCIÓN O HERENCIA?

El fracaso más grande de la política brasileña son sus figuras. Lula construyó un movimiento que cambió la historia latinoamericana, pero no a un sucesor. Bolsonaro, una ideología anclada a sí mismo; por lo que el reemplazo debió ser el hijo. No había más de ningún lado. 

No apareció un outsider capaz de patear el tablero ni una generación nueva de liderazgos que obligue a discutir algo distinto. Las mismas familias políticas, los mismos antagonismos en un mundo que ya cambió.

La América Latina actual es otra y tiene un hartazgo común: inseguridad, corrupción, bajo crecimiento económico. El populismo tampoco tiene exclusividad ideológica; la izquierda y la derecha demuestran que pueden parecerse mucho cuando convierten al líder en un culto y al adversario en enemigo; ambas corrientes con esa pestilente superioridad moral característica de los populistas.

Trump entendió esa fatiga y la explota a la perfección. Argentina, Chile, Honduras y Colombia son una muestra, mientras Washington encuentra gobiernos aliados. Brasil y México son las únicas piezas importantes que faltan. Si Brasil cae, no es otra victoria electoral nacional aislada; es un movimiento con dimensión geopolítica. 

Trump trató de entrar a la elección brasileña, pero hay países donde el respaldo de Washington despierta cohesión social y nacionalismo y Lula lo entendió bien. Otro ejemplo de ello es la resistencia iraní y de su población frente al intervencionismo estadunidense.

La elección está en el aire. Lula tiene una ligera ventaja, pero en una segunda vuelta frente a Flávio Bolsonaro el margen se estrecha mucho. Si Lula gana, no representa la resurrección de la izquierda latinoamericana. Sólo sería la resistencia de uno de sus últimos bastiones.

POST SCRIPTUM

De cara a las elecciones intermedias en Estados Unidos, los demócratas amplían su ventaja mientras los republicanos recurren a un viejo fantasma que les funciona: el miedo al comunismo. La más grande ironía  poética sería que Donald Trump, que dedicó buena parte de su capital político a empujar a América Latina a la derecha, se encuentre con un Congreso moviéndose en sentido contrario.