La UNAM, cuna de la autonomía

Hay instituciones cuya historia puede contarse por fechas y otras se explican mejor por las ideas que han sido capaces de defender. La Universidad Nacional Autónoma de México es el ejemplo más representativo.

En 2026 se conmemoran 475 años de la fundación de la Universidad de México. Su raíz histórica se remonta a 1551, cuando una cédula real dio origen a la Real Universidad de México, que años después recibiría también el título de Pontificia. Fue una de las primeras instituciones universitarias de América y el punto de partida de una larga tradición de educación superior en nuestro país.

Pero la Universidad Nacional que conocemos hoy nació en otro México. El 22 de septiembre de 1910, en el marco de las celebraciones por el Centenario de la Independencia, Justo Sierra encabezó la inauguración de la Universidad Nacional de México. Su proyecto reunió escuelas que hasta entonces seguían caminos separados: Jurisprudencia, Medicina, Ingeniería y Bellas Artes, entre otras, junto con la Escuela Nacional Preparatoria.

No se trataba solamente de juntar escuelas. Se estaba construyendo una idea de nación alrededor del conocimiento.

19 años después llegaría una de las transformaciones fundamentales de su historia. El movimiento estudiantil de 1929 abrió paso a la autonomía universitaria. Aquella primera autonomía todavía tenía limitaciones; en 1933 se ampliaría y la Ley Orgánica de 1945 terminaría por establecer buena parte de la estructura que conocemos actualmente: Consejo Universitario, Junta de Gobierno y Patronato.

La autonomía no es aislamiento ni ausencia de responsabilidades. Significa que una universidad puede gobernarse, organizar su vida académica, administrar sus recursos y, sobre todo, proteger la libertad de cátedra y de investigación.

Ahí radica su mayor riqueza.

La UNAM no fue creada para que todos piensen igual. Por el contrario: es el espacio donde las ideas se dan, se encuentran, discuten, cuestionan y aun confrontan con argumentos. La libertad de cátedra permite que profesores e investigadores desarrollen distintas perspectivas sin someter el conocimiento a una verdad política, religiosa o ideológica única.

La autonomía nunca fue una concesión inmóvil. Ha debido defenderse y redefinirse. Los movimientos universitarios de 1968 volvieron a colocarla en el centro de la discusión nacional. En 1980, la autonomía de las universidades quedó reconocida constitucionalmente en el artículo tercero. Más tarde, el Congreso Universitario de 1990 y el movimiento de 1999-2000 volvieron a poner sobre la mesa temas esenciales como la gratuidad, la participación y el rumbo de la Universidad.

Mientras tanto, la UNAM creció junto con México. Ciudad Universitaria transformó su dimensión física y simbólica hasta convertirse en uno de los grandes espacios educativos y del conocimiento del país, reconocido desde 2007 por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad por su valor arquitectónico y cultural.

De sus aulas han egresado millones de profesionistas que desde muy distintos ámbitos han contribuido al desarrollo científico, cultural, económico y social de México.

Al encabezar esta conmemoración, el rector Leonardo Lomelí se comprometió a preservar la autonomía, mejorando la educación superior pública con espacios seguros, respetuosos e incluyentes, con transparencia, integridad y rendición de cuentas.

Y acaso ahí se encuentra el verdadero desafío de una institución casi cinco veces centenaria: reconocer aquello que debe corregirse sin destruir aquello que ha costado generaciones construir.

La autonomía no puede convertirse en privilegio ni en refugio frente a la responsabilidad. Debe ser exactamente lo contrario: libertad para pensar y responsabilidad para responder ante la sociedad.

Gobiernos cambian y, con ellos, las circunstancias económicas, las ideologías y las prioridades nacionales. La Universidad, en cambio, permanece abierta a todas las expresiones sin pertenecer a ninguna. ¿O no, estimado lector?