México y los tres tableros

Lo que está en juego es el equilibrio entre los países occidentales, sean de la OTAN o del Pacto de Varsovia. Recién reventado el problema, es imprevisible el resultado de la gran apuesta de Putin. De ensamblarse una nueva composición internacional todos encontraremos nuestra propia ubicación.

Ante los cimbrantes acontecimientos de la fase militar a la que ha llegado Rusia invadiendo Ucrania, nosotros no debemos perder proporción ni perspectiva. Solidarizados con la población, incluso la nuestra, sacrificada por la guerra, debemos mantener serenidad y afinar la vista hacia el futuro.

Hay que distinguir dos tableros en los que se juegan los ajedreces de las dos potencias. Cada uno tiene muchas razones de ser. En el primero, en el que la invasión a Ucrania se escenifica, los dilemas para las partes no son de momento. Son profundos y emanan de la historia que comparten. Se presentan ahora en los intereses de Estados Unidos, coincidentes en mucho con los de los países miembros de la OTAN, en un choque contra el propósito, personificado en Vladimir Putin, de recuperar para Rusia su importante presencia internacional, expresión de la cultura eslava cristiana, la de Pedro el Grande o de Catalina de Rusia, o bien la potencia socialista unida que en el siglo XX apoyó a los que ahora cuestionan su lugar en el tablero mundial actual.

En efecto, por las razones que se quieran, al desenvolverse los acuerdos posteriores a la Segunda Guerra Mundial la posición de la otrora poderosa URSS, después de disuelta, quedó rebajada a la de una potencia de segundo nivel, lejos de Yalta cuando los tres vencedores convinieron en la partición del mundo, sin, por cierto China. Putin se propone rescatar esa categoría para la Rusia desmembrada por Gorbachov.  

Lo que está en juego es el equilibrio entre los países occidentales, sean de la OTAN o del Pacto de Varsovia.  Recién reventado el problema, es imprevisible el resultado de la gran apuesta de Putin. De ensamblarse una nueva composición internacional todos encontraremos nuestra propia ubicación. 

Hay, como ya hemos dicho, un segundo tablero. Es en el que se despliega la rivalidad entre Estados Unidos y China por ejercer cada quien en lo político, militar, económico, científico y cultural una incontestable hegemonía mundial. Esa supremacía geopolítica fijaría los espacios en que operarían los intereses nacionales y regionales de muchos países.  La hegemonía en que ambas potencias tienen puesta la mira es el predominio de su forma para, supuestamente, mejor atender las aspiraciones populares, pero en realidad para sujetar todo a su propia visión político-cultural-económico del mundo. La ambición de cada uno de los dos actores es excluyente.

El ejercicio en lo económico de las dos principales figuras ha sido al máximo de sus posibilidades. Estados Unidos es el indiscutido centro económico, financiero y militar en el mundo, mientras que China ha transformado, gracias a su profunda cultura, su economía rural en una máquina que fabrica prácticamente todo lo imaginable a una escala de potencial universal. 

Para México es importante la evolución de la competencia entre Estados Unidos y China y que nuestra participación en el tratado trilateral T-MEC nos ata a compromisos que se realizan dentro del gran proyecto de Norteamérica, que es el eje central para su proyección hegemónica.

Mientras que hay que cuidar esta relación con especial esmero que, entre otros aspectos, absorbe el 90% de nuestras exportaciones, el compromiso de formar parte de Norteamérica no debe sustraernos de intercambiar nuestra economía con los países que más convengan a nuestro desarrollo.

El camino propio de México no es el de sumirnos en la estrategia de ninguna de las dos potencias que se disputan la primacía mundial. Nuestro rechazo es al uso de la fuerza y la insistencia de hallar en la diplomacia el camino a la solución como la mejor para cualquier eventualidad. Al censurar a Putin por su invasión a Ucrania, no nos afiliamos ni a Estados Unidos ni a la OTAN, a la que no pertenecemos, ni tampoco tomando partido en el complejísimo problema de respeto a su país, que Putin arguye. 

Guardando sana distancia de los dos tableros de ajedrez y entregados a atender el tercero que es el nuestro, que urge, aseguraremos nuestra libertad de escoger los aliados que mejor nos convengan para el desarrollo como nación independiente.

Nuestro tablero nos requiere.

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