América Latina, América del Norte y México
La obsesión norteamericana por agrandar su poderío económicoparecería tener su contrarréplica en los individuos y agrupaciones en México que ven con recelo la expansión de Estados Unidos hacia una hegemonía mundial más grande que la de ahora
Lograr el desarrollo económico y social con justicia es difícil en América Latina. La pobreza se aferra en las mayorías porque la brecha que las separa de los grupos privilegiados es una pesada.
Los grandes programas sociales que distribuyen recursos tienen posibilidades de ser eficaces si es que, de alguna manera, ayudan a superar las condiciones de cruda ignorancia en la que viven los pobres de México.
El papel de la educación en las tareas del desarrollo es tan significativo que de su nivel depende incluso la expectativa de vida de una persona. Mueren más jóvenes los que no han terminado la preparatoria. La vida es más difícil para él que para el de mayor escolaridad, simplemente porque los trabajos que ha tenido que realizar durante toda su existencia son, por definición, físicamente más desgastantes que los de los más educados. Todavía más grave es la brecha que separa a los grupos privilegiados de alto poder de consumo, de las ingentes mayorías que intentan salir de su humillante circunstancia y superarse.
Estas realidades justifican los esquemas escuela-industria, base estructural del avance alemán sobre otras naciones europeas. Sin embargo, llegar a la etapa en la que puedan instalarse esos programas “duales” supone que se ha alcanzado ya un mínimo de nivel y que hay, además, fábricas, planteles educativos. Esto a su vez supone que el electorado ha bregado lo suficiente como para exigir que los órganos encargados de convocar las elecciones y contar los resultados lo hagan de manera creíble.
El nivel educativo y de preparación de nuestra población tendrá mucho que ver con la puesta en marcha de la nueva versión del TLCAN, llamado T- MEC, que ya fue ratificado por el Senado de la República en un momento de ansiedad, días antes del fin del sexenio.
No importará el número de obstáculos, de todo tipo, que se atraviesen en los corredores políticos de Estados Unidos en su proceso de aprobación del nuevo tratado. Las inercias en los Estados Unidos que apuntan hacia la formación de un “bloque” norteamericano para efectos de comercio y energía son más que suficientes.
La forma en que los mexicanos reaccionemos desde ahora a las modalidades de la nueva personalidad será importante para pronosticar, a la postre y a lo largo de los años, el éxito o fracaso de la nueva dimensión de México. La obsesión norteamericana por agrandar su poderío económico y libertario parecería tener su contrarréplica en los individuos y agrupaciones en México que ven con recelo la expansión de Estados Unidos hacia una hegemonía mundial más grande que la de ahora.
Esos recelos son anacrónicos, remanentes de cuando todo lo que procedía del norte estaba teñido del rencor que nació del atraco de 1848. Hoy en día, el ambiente en México parece encontrarse en equilibrio entre los que admiran y los que detestan nuestro vecino del norte. La presencia de Estados Unidos está por doquier, impulsada por los publicistas ignorantes que diseñan para sus patrones transnacionales los anuncios redactados en inglés. El mundo comercial todo lo aplanó y no hay diferencias que valgan la pena.
Poco o nada detendrá el curso de la evolución, etapa por etapa, hacia la consolidación de la unidad continental que se echó a andar formalmente en 1994 con el TLCAN. Pasada la primera etapa, nos hallamos en el dintel de la segunda con la ratificación de la segunda versión por nuestros dos socios. El que México ya haya aprobado el texto plantea la complicación de que haya intentos en Washington de modificarlo en su capítulo laboral. De una manera u otra, sin embargo, el T-MEC prevalecerá para tranquilidad de los empresarios y agricultores y los promotores del turismo.
Frente a las realidades de la identificación, que va en aumento, de la mentalidad popular mexicana hay poco que oponer.
Ni siquiera la izquierda más extrema las deplora, ya que desde hace muchos años las canciones de protesta se combinan con las norteamericanas en inglés. Las camisetas y tatuajes también.
¿Estamos frente a una saludable internacionalización de la cultura mexicana?, o simplemente una prueba más de que, como lo sentenció un secretario de Estado a principios del siglo XIX: no necesitamos invadir México para conquistarlo, es mejor hacer que los hijos de sus políticos vengan a estudiar a nuestras universidades.
