El entreacto
Estamos en un entreacto. Están quedando atrás ciertos hechos y vivimos tiempos con elementos que germinarán en escenarios futuros. Aquí en México, afloran las usuales impaciencias que anteceden la sucesión presidencial. Antes la preocupación consistía en que el futuro Presidente tuviese la capacidad y arrestos para continuar renovando los programas del titular anterior. Pero una inquietud más actual está en que Peña Nieto sepa enfrentarse al gran reto que ha emergido, agigantado en las jactancias, en la figura de Donald Trump, el impredecible Presidente electo de nuestra vecina república. .
Estos signos son malos para México. La complejidad de los problemas nacionales que inevitablemente compartimos requiere comprensión sutil a la vez que valentía bien aconsejada. Sólo hay que ver la brutalidad de las declaraciones de Trump y la crudeza con que ha comenzado a tratar los casos que ha resuelto.
Solo el interés que cualquier industrial tiene en llevar bien su relación con el Presidente de la República puede explicar la sumisión con que Ford y Carrier aceptaron las decisiones del Presidente electo. Nótese, empero, las intenciones de mantener operaciones, aunque menores, en México para aprovechar la baratura de nuestra mano de obra.
Así seguirán siendo las relaciones del presidente Trump con las empresas americanas que trate, que será bien cuidadoso en urdir un equilibrio entre los intereses de sus accionistas y las humoradas de la Casa Blanca.
Por eso habrá problemas. Los planes de los industriales norteamericanos tendrán siempre prioridad sobre la distorsionada visión de Trump y de ahí el choque con nuestros programas de desarrollo que se derivan del TLCAN.
Los casos donde el ímpetu del Presidente se estrelle contra la dura realidad de circunstancias infinitamente más complejas que los contratos inmobiliarios en que Trump se ha especializado lo irá obligando a limar sus obsesiones.
Lo anterior dibuja la figura de un jefe de Estado que, o bien pronto dejará de insistir en sus insostenibles proyectos de enderezar los males que identificó en su campaña o, por el contrario convertirse en temible dictador que arroye su gabinete y conduzca a su país a una interminable serie de desaciertos políticos y económicos y al inevitable debilitamiento de la autoridad internacional de Estados Unidos.
La intensa imbricación de las economías de nuestros dos países, y el prejuicio irracional que infesta la actitud de Donald Trump contra nosotros, hacen que los pronósticos no auguren una relación positiva que contribuya a la armonía en el continente norteamericano ni al crecimiento socioeconómico de México o la creación de empleos.
La comunidad mexicana tiene que trazar estrategias que contrarresten los efectos nocivos que todo lo anterior implica. Es esencial que desde ahora el gobierno mexicano escoja la ruta que incluya operar las opciones de los numerosos tratados comerciales que hemos coleccionado a lo largo de los años.
La tarea que nos urge es preparar la sucesión presidencial de 2018 hacia un sexenio cívicamente participativo para resolver todos juntos el reto. Debemos anular la negativa influencia de nuestros partidos políticos que funcionan sin más rumbo que su obsesión electorera y su crudo interés económico en los asuntos de gobierno y por ende su propensión a proteger, representar y patrocinar grupos privilegiados que ignoran estas imperantes realidades.
La conversión de la actividad política en un factor positivo es un proceso que la ciudadanía está intentando en algunos países europeos, asiáticos y africanos. Es el momento que México identifique y apoye candidatos vigorosos que sepan ser independientes de las fuerzas negativas que los partidos políticos entrañan. En México hay que aprovechar el entreacto que se extiende de aquí al ‘18.
