Ayer, una amiga que vive en Londres mandó un mensaje diciendo: “Se aproxima una tormenta en la CDMX, de preferencia no salgan de sus casas”. Al poco tiempo la lluvia se manifestaba brutalmente, parecía que presenciábamos el mismísimo diluvio universal, las imágenes de autos sumergidos hasta el techo me hacían imaginar un evento apocalíptico.
Las tormentas son un fenómeno atmosférico difícil de soportar, pero tampoco es sencillo habitar en un planeta que sufre de tanta falta de clemencia, que no es más que una baja dosis de benevolencia con la que una persona se relaciona con otra. Estamos en época de lluvia, pero transitamos también por ese otro estado que, a mi parecer, es inminente ponerle atención; virtudes como la bondad y la compasión han ido desapareciendo de las grandes ciudades, pues todos estamos demasiado ensimismados.
La neurosis que nos provoca el tráfico, los índices de violencia, el desempleo, la injusticia social tan característica de países como el nuestro, las goteras, el olor de las coladeras desbordadas y las inundaciones, hacen que la ecuación se complique más. Vivo en Polanco y ya a esta hora de jueves empiezo a ver cómo se va alistando la organización de esos cumulonimbus que descaradamente nos dicen otra vez un “quítate que ahí te voy”. Así pasa con las inclemencias, no sólo con las ambientales, sino las de la vida: de repente una nube negra se nos para encima y sentimos miedo, miedo al miedo, miedo a la tristeza, miedo a la pérdida, a lo desconocido, al aburrimiento, al dolor, al rechazo, al cambio. Sentimos ganas de salir corriendo a refugiarnos, aun sabiendo que ante este tipo de tormentas no hay techo seguro donde resguardarse.
Hoy (jueves) pasé la mañana con uno de mis maestros. Vía YouTube me acompañó Ekard Thole mientras tomaba mi café y dijo algo así: a lo único que debemos temerle es al miedo, pues es el peor enemigo de la presencia, que es la que nos hace transitar y fluir por todo tipo de inclemencias. Hoy va a llover, incluso habrá al que le llueva sobre mojado, pero si estamos conscientes de que es tan sólo una época del año, quizá hasta logremos cantar bajo la lluvia.
