Este instante...

Una gaviota pasa volando sin tener idea de la envidia que siento por la hazaña que realiza, por su vuelo en libertad

Estoy sentada en el asiento trasero de un auto descapotable. Tomás, Alejandra, yo y nuestras maletas nos deslizamos por una carretera californiana desde un lugar famoso por sus viñedos  hacia otro sitio que basa su popularidad desde los años sesenta como lugar de retiro y de crecimiento personal. Un curso sobre el estar en el aquí y en el ahora, esa fue la elección para esta Semana Santa. No tenía ganas de escapar a ningún lugar, mi deseo tiene más que ver con estar, con gozarme en el instante, con adentrarme en ese mundo para el que no existe un mapa, con escuchar esa voz que por el murmullo de la cotidianidad no siempre capto claramente.

El cielo está pintado del tono exacto, las tres nubes que lo adornan son tan perfectas que ni siquiera tienen ganas de cambiar de forma. A mi izquierda están esos pinos gigantes en el bosque, a la derecha el azul, el mar... Un recorrido por la vida. Ahora que lo pienso, la vida es una larga carretera, nos desviamos, se nos poncha una llanta, nos quedamos sin gasolina, rebasamos por la derecha, a veces nos frustramos por el tránsito y otras, como ahora, sentimos la libertad de nuestro pelo bailando con el viento, avanzamos dentro de un paisaje que parece un cuadro, una obra de arte de Dios, ¡ahí vivimos!

Y nos quejamos por tantas insignificancias y volteamos hacia atrás añorando, y hacia adelante miramos nerviosos, porque nos cuesta trabajo confiar en que somos parte de algo que se mueve solo, que fluye. Lo único que verdaderamente la vida espera de nosotros es que seamos en toda la extensión de la palabra ser, que aunque es un vocablo de una sola sílaba es el concepto más largo de todos, pues no hay límites para una existencia vivida en una cadena de momentos en presencia consciente.

Poco a poco vamos acercándonos hacia un lugar, alejándonos de otro. Ya entiendo por qué inventaron los coches convertibles: el camino se entiende diferente, la convivencia con la naturaleza, el diálogo con el cielo que en nuestra cultura tiene tanto que ver con lo divino. Mis orejas se congelan  y, quizá por lo mismo, mi oído interno se agudiza y entiende ese canto hermoso y constante del viento. Una gaviota pasa volando sin tener idea de la envidia que siento por la hazaña que realiza, por su vuelo en libertad.

Llega ese momento en la historia de cada uno de nosotros en el que nos miramos profundamente a los ojos en un espejo retrovisor y nos damos cuenta de que el momento ha llegado, de que estamos preparados para asumir esa enorme responsabilidad de la libertad, que no es otra cosa que poder estar presente, fluyendo y de alguna manera co-creando nuestro camino con el universo.

El curso que vamos a tomar lo da María, una mujer que lleva 30 años con (ELA), la misma enfermedad que ha marcado la vida de Stephen Hawking, el genio de los agujeros negros. Esta hermosa mujer sonríe y desde su silla de ruedas marca mi vida por enseñarme su sincero compromiso, ante todo, con ese infinito amor por ella misma, por el instante y por consiguiente por todos y cada uno de los demás.

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