Símbolos y emociones

Es una exposición fantástica, llena de metáforas inteligentes, pero no pretenciosas

Cuando estás de viaje se te pasa el tiempo, es difícil saber en qué día vives. Hoy es jueves y son las seis de la tarde, acabo de darme cuenta de ese hecho y he sentido en la espalda cómo me recorre ese escalofrío que nos provoca no cumplir con una responsabilidad. Afortunadamente tengo a mi favor que el horario en México es distinto y, entonces, detengo lo que estoy haciendo y me siento en una de esas mesas colectivas de café a intentar contarte algo interesante.

Estoy en una de mis ciudades favoritas, creo que en uno de los sitios preferidos de mucha gente, Nueva York, donde las cosas pasan en cada esquina: tiendas, restaurantes, arquitectura y, sobre todo, la escena del arte en su máxima expresión. Ayer descubrí un espacio impresionante a la mitad de Park Avenue, un lugar que en su momento fue destinado para el ejército y ahora alberga otro tipo mucho más potente de artillería: una instalación maravillosa de Philippe Parreno, donde el espectador se va mezclando con la música, iluminación, videos, actores que te interrogan.

¿Cuál es la referencia de un símbolo con la melancolía? Me quedé pensando en la respuesta, siempre me dejan dando vueltas en la cabeza cuestionamientos como ése. ¿Qué sería del símbolo si no pudiera evocar esa emoción que tantas veces rige a la memoria? De símbolos está compuesta nuestra identidad, símbolos que penetran en nosotros por cada uno de nuestros sentidos, esos símbolos son la base de nuestras creencias y son el sustento de una nueva idea. Es por eso que al enfrentarnos a ellos nuestras neuronas se activan y nos detonan esa nostalgia por lo que fuimos, por lo que alguna vez entendimos que éramos, por lo que somos hoy y por todo aquello que quisimos ser.

Una exposición fantástica, llena de eso, de metáforas inteligentes mas no pretenciosas; crudas, simples, naturales. Eso encuentro hoy en las galerías y museos, un lenguaje menos complicado y, por lo tanto, mucho más universal. Mi museo favorito es el pequeño edificio blanco, famoso por ser una fántastica pieza de arquitectura , en el Guggenheim me encontré con una exposición poética: contar historias con objetos, otra vez los símbolos y las emociones que éstos nos provocan.

Instalaciones de Doris Salcedo —destacada artista colombiana— que contienen gritos silenciosos de dolor, de tortura, de muerte, pero también de esperanza; eso hace el arte: te mueve por dentro, te rasga, te acaricia, te rompe, pero, sobre todo, nos recuerda que estamos vivos, que nuestro corazón late al ritmo de una vida que no para y, entonces, alguien crea, alguien se dice artista, alguno dedica su existencia a contarnos la nuestra y, entonces, sucede el milagro, el tiempo se detiene, nuestro cerebro absorbe y quizás en nuestra alma quede tatuado un nuevo símbolo.

Sigo sentada a esta mesa larga, frente a mí está un hombre con mirada pensativa y dirigida al horizonte, de pronto, mira la pantalla de su computadora. Podría cuestionarme qué lo mantiene en ese estado, imaginar que es un escritor que ahora mismo crea frente a mí una realidad alterna, pero no tengo tiempo, la pila se me acaba, el reloj sigue corriendo, dejó de llover, la ciudad grita por que salga, por que corra ahora mismo a seguir explorando, porque mañana regreso y aún tiene tantas cosas que decirme.

Eso sucede cuando viajas, cuando escapas de la rutina, cuando te permites acostarte en el patio del Museo de Arte Moderno (MoMA) a escuchar un concierto de jazz, viendo formas en las nubes, cuando caminas por Central Park deteniéndote de pronto a leer esas dedicatorias emotivas en las bancas. Eso pasa a veces... cuando buscas.

Temas:

    X