Durante algunas semanas México pareció olvidar el idioma de la polarización. Las redes sociales dejaron de dividirse entre chairos y fifís. En las Fan Fest, en los estadios, en las plazas públicas, en el Ángel de la Independencia y frente a miles de pantallas improvisadas, dejamos de preguntarnos por quién votó el de al lado. Volvimos a ser, simplemente, mexicanos.
No significa que durante el Mundial desaparecieran las diferencias, pero sí dejaron de ser la identidad principal. Entonces, ¿puede un evento deportivo convertirse en una intervención de salud mental colectiva? La evidencia científica sugiere que, al menos de manera temporal, sí.
La mía puede parecer una observación romántica –muy influenciada además por la emoción indescriptible que sentí viviendo la experiencia de cantar el himno nacional desde una silla del Estadio Azteca–. Pero existe un interesante abordaje de la ciencia que explica por qué, durante estos días en los que México dejó de hablarse a sí mismo en clave de confrontación, nuestra salud mental mejoró.
El sociólogo Émile Durkheim describió el fenómeno de la efervescencia colectiva: momentos excepcionales en los que una comunidad comparte emociones, símbolos y rituales con tal intensidad que fortalece el sentido de pertenencia y la identidad común. La psicología social ha documentado que estas experiencias no sólo generan alegría pasajera; también producen beneficios medibles sobre el bienestar psicológico.
Un metaanálisis publicado en Frontiers in Psychology, que reunió evidencia de 50 estudios y más de 182 mil participantes, encontró que vivir experiencias de efervescencia colectiva incrementa las emociones positivas, la autoestima, la confianza interpersonal, el sentido de integración social y la percepción de bienestar.
Otra revisión científica publicada en Social Issues and Policy Review concluye que las concentraciones masivas pueden convertirse en espacios que fortalecen la cohesión social y favorecen la salud mental al generar vínculos entre personas que, fuera de ese contexto, probablemente nunca interactuarían.
El futbol permite más que celebrar un gol, nos recuerda que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Después del Mundial de Brasil 2014, investigadores documentaron que quienes seguían a su selección reportaban mayores niveles de bienestar subjetivo. Estudios posteriores sobre la Copa América en Chile encontraron incrementos en el orgullo colectivo, la confianza social y la satisfacción con la vida tras los triunfos nacionales. Incluso economistas han descrito el llamado feel-good factor: ese beneficio emocional que experimentan las sociedades al vivir grandes acontecimientos deportivos, aun cuando sus efectos económicos sean discutibles.
Nada de esto significa que el futbol cure la depresión o los trastornos mentales. Sería una simplificación irresponsable. Pero sí refuerza que cuando hablamos de salud mental, el bienestar también depende del tejido social. De hacer parte de una comunidad y tener espacios donde las diferencias dejan, por un momento, de ser lo más importante. Porque el sentido de pertenencia es una necesidad tan primaria como alimentarnos.
Quizá por eso resultó conmovedor ver a desconocidos con la camiseta mexicana abrazarse después de un gol. Niños, adultos mayores, personas de distintas ideologías, religiones y niveles socioeconómicos compartiendo la misma emoción sin preguntarse nada más.
La salud mental no se construye únicamente con psiquiatras, psicólogos, terapia o medicamentos –todos indispensables cuando se necesitan–. También se requiere confianza, pertenencia, espacios públicos seguros, convivencia y causas comunes que nos permitan reconocernos en el otro, dejar de verlo como adversario y recordar que hacemos parte del mismo equipo.
El Mundial demostró que debajo de las etiquetas que nos dividen sigue existiendo un país capaz de emocionarse al unísono y que merece liderazgos que evolucionen su discurso, promuevan el respeto por las opiniones, celebren las diferencias y fortalezcan nuestra identidad nacional.
