Sentencias por adelantado

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

En México nos enseñaron que la justicia llega tarde o no llega. Esta semana descubrimos la variante moderna: la justicia que llega antes. Todos los protagonistas firmaron su parte del expediente por adelantado, sin esperar al juez. 

El primero, el más literal. Ismael El Mayo Zambada informó a la corte de Brooklyn, por carta, que acepta la cadena perpetua; su única petición es un penal donde puedan atenderle la diabetes y la insuficiencia renal. El fiscal Joseph Nocella recomendó al juez Brian Cogan la perpetua y una multa por confiscación de 15 mil millones de dólares, y la sentencia se dictará el día 20. Pero el capo ya la había firmado. Se sentenció solo, por adelantado, como quien aparta mesa. La multa, por supuesto, es contabilidad de ficción: nadie extenderá ese cheque. El número no está ahí para cobrarse, sino para medir el tamaño de lo que Zambada sabe. Y lo que sabe quedó insinuado en el memorando de ocho páginas del Departamento de Justicia: bajo el control del acusado, el cártel pagó millones de dólares en sobornos a todo tipo de autoridades mexicanas —policías, militares, políticos— para operar sin interferencia. Ocho páginas. Ningún nombre. El expediente no se cierra: se administra. Aceptar la sentencia por adelantado tiene una ventaja que cualquier abogado entiende: lo que no se litiga en público, se negocia en privado.

El segundo firmó absoluciones anticipadas. Ken Salazar, que hace unas semanas era el villano oficial de la mañanera —la Presidenta pidió a la FGR y a la cancillería investigar si mintió, con aquel “no se nos puede mentir deliberadamente”—, apareció en entrevista con Televisa-Univision promoviendo sus memorias, Borderlands, y repartió veredictos antes de que tribunal alguno los pida: nunca tuvo pruebas de vínculos criminales de Rocha Moya, nada le indicó que el gobierno de López Obrador protegiera a grupo delincuencial alguno, “no fue nuestra operación, no fue nuestro avión”. Absolvió por adelantado, justo cuando conviene ser absuelto por él. Eso sí, dejó caer que tras la captura de Zambada envió cuatro mensajes a López Obrador y sólo hubo silencio. Cuatro llamadas sin respuesta dicen más que cualquier desmentido.

Y Palacio ajustó su propio fallo con la misma velocidad. La tribuna que lo declaró mentiroso ahora lo recomienda: “Es importante que todos escuchen esta entrevista porque no tiene nada que ver con lo que la oposición habla de vínculos o del ‘narcogobierno’”, dijo la Presidenta. Del “mintió deliberadamente” al “les recomiendo verla” median unas semanas y un libro que, leído con cuidado, exonera. La sentencia contra Salazar también se dictó por adelantado; sólo que primero fue condenatoria y luego, cuando el contenido resultó útil, absolutoria. Los hechos no cambiaron. Cambió su utilidad.

La tercera negoció por adelantado. Héctor de Mauleón difundió una segunda grabación atribuida a Marina del Pilar Ávila, gobernadora de Baja California, en la que ofrece información a autoridades estadunidenses en el contexto de la revocación de su visa. “Yo puedo decir lo que he escuchado en las mesas de seguridad”, se le oye. Y, luego, la pregunta que retrata el pánico: “¿Me quieren llevar de extradición?”. Su gobierno confirmó que los audios son reales, aunque “sacados de contexto”. Habría que preguntar cuál es el contexto correcto para que una gobernadora en funciones ofrezca al FBI las mesas de seguridad de su propio estado antes de que exista cargo alguno en su contra. Ella también quiso firmar primero: cooperación anticipada a cambio de un futuro sin sobresaltos. El PAN ya pidió su licencia; Morena administra el silencio.

¿Algo habrá cambiado en estos días? La trama no: el poder mexicano siempre ha negociado con Washington en voz baja lo que niega en voz alta. Lo que cambió es el calendario. Ya nadie espera el veredicto: el capo se sentencia solo, el exembajador absuelve en preventa —su libro sale el 28—, la gobernadora coopera sin acusación formal y la mañanera corrige el fallo según lo que llegue del norte. Todos firmaron antes de tiempo porque todos saben lo mismo: el juicio verdadero no ocurre aquí. El día 20, el juez Cogan pondrá su firma sobre la única sentencia de esta historia que ya estaba escrita. Las demás siguen abiertas. Y ésas no se dictan en Brooklyn por adelantado: se dictan a plazos, audio por audio, memoria por memoria, lunes por lunes.