La obesidad tiene salida y evidencia científica

Juana Ramírez

Juana Ramírez

El arco de Juana

Durante años, a la obesidad se le ha tratado como un problema de “fuerza de voluntad”. Como si el cuerpo obedeciera al “échale ganas”, a los regaños, las dietas relámpago o los retos de 21 días. Ese enfoque no sólo fracasa: enferma más, porque empuja a las personas al laberinto de la culpa, la frustración y el silencio.

Negar que la obesidad es una enfermedad crónica o reducirlo a tallas o volumen corporal sólo beneficia a quienes lucran con el exceso de tejido adiposo: los vendedores de productos milagro, que prometen reducir tallas con cremas, tés, fajas o rutinas de ejercicio en pocas semanas, que hoy tienen una industria multimillonaria, sin regulación y que pone en riesgo la salud física y mental e incluso su vida.

La ciencia ha identificado más de 200 enfermedades relacionadas con la obesidad, no sólo de tipo metabólico: también es un determinante oncológico bien documentado. La evidencia epidemiológica y biológica es consistente en que el exceso de tejido adiposo aumenta el riesgo de múltiples neoplasias malignas, a través de mecanismos como hiperinsulinemia, inflamación crónica de bajo grado, aumento de estrógenos periféricos y disfunción inmunometabólica.

Datos del Instituto de Salud Pública (Ensanut) demuestran que México tiene una prevalencia combinada de sobrepeso y obesidad superior a 75% en adultos. Esto convierte al exceso de peso en uno de los principales determinantes prevenibles de cáncer de endometrio (el de mayor asociación a la obesidad), mama, colorrectal, riñón, esófago, hígado, páncreas, vesícula, ovario, tiroides y mieloma, entre otros.

Además, la obesidad incrementa el riesgo de diabetes tipo 2 en 243%, de hipertensión en 113%, dislipidemias en 74%, enfermedad coronaria al 69% y apnea obstructiva del sueño, que sufre al menos 70% de las personas con obesidad.

La obesidad no es un asunto estético, es una enfermedad crónica influida por factores biológicos, genéticos y ambientales. No, no es “flojera” y, sobre todo, no es una sentencia moral.

¿Por qué hablar de salida? Porque las personas que se enfrenta a este padecimiento viven en un verdadero laberinto: la discriminación, las soluciones “milagro” que prometen perder peso sin sustento; el “sudo y no bajo” que desmoraliza incluso al más disciplinado; pensamientos intrusivos que alimentan ansiedad y autocrítica; y una pérdida de balance que invade energía, trabajo, relaciones y autoestima. En el fondo, el estigma funciona como puerta cerrada: retrasa el diagnóstico y aleja del sistema de salud.

La evidencia hoy exige tres cosas. Primero, reconocer la obesidad como enfermedad tratable y progresiva, con seguimiento a largo plazo. Segundo, construir rutas claras: detección oportuna, evaluación de comorbilidades, metas realistas, y un equipo multidisciplinario que incluya nutrición, actividad física, salud mental y, cuando corresponda, farmacoterapia y/o cirugía bariátrica. Tercero y no menos importante, cambiar la narrativa. Dejar de hablar de la persona “obesa”, para entender lo que representa una “persona que vive con obesidad”. Ese matiz salva dignidad… y abre la puerta a pedir ayuda.

En el marco del Día Mundial de la Obesidad, el conversatorio La obesidad: un laberinto con salida, organizado por Lilly México deja un mensaje importante: México necesita conversación pública con rigor médico, no con prejuicios. También se presentaron hallazgos de un informe internacional que coloca al país a media tabla en su respuesta, con avances en guías clínicas, pero con retos enormes en implementación, acceso y continuidad.

La salida, entonces, no es una promesa de marketing. Es una agenda. Implica que los profesionales de la salud escuchen sin juzgar; que los medios informen sin estigmatizar; que los tomadores de decisiones prioricen prevención y tratamiento basado en evidencia; y que las personas sepan que pedir ayuda no es rendirse, es tomar el control clínico de su salud. Porque, si algo tiene salida, lo primero es dejar de llamarlo “falta de voluntad”. Y empezar a llamarlo por su nombre: enfermedad. Tratada a tiempo, acompañada con respeto y sostenida con evidencia.

Y sí: el estilo de vida importa. Pero importa en serio, no como castigo. Importa cuando el entorno no sabotea: escuelas con alimentación digna, horarios laborales que permiten moverse y sistemas de salud que no abandonan al paciente después del “baje tantito”. Importa cuando se entiende que apetito, saciedad y metabolismo pueden oponerse biológicamente a la pérdida de peso; por eso hay personas que hacen “todo bien” y, aun así, necesitan apoyo médico.

La salida existe. La evidencia también. Lo que no puede existir más es el estigma disfrazado de consejo. Y si la conversación cambia, cambian los diagnósticos, los tratamientos… y las vidas.

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