Dolor crónico: entre ciencia y prejucios

Juana Ramírez

Juana Ramírez

El Arco de Juana

Todos hemos sentido dolor y lo consideramos una experiencia tan cotidiana que solemos minimizarlo, a pesar de que la ciencia ha demostrado que ningún dolor es normal y que todos deben ser atendidos. Aunque es una de las principales razones por las que las personas buscan atención médica, sigue siendo uno de los síntomas menos entendidos, mal evaluados y peor tratados en el mundo. 

Vale la pena diferenciar entre dolor agudo y crónico: el primero es una señal de alarma del cuerpo que aparece de forma repentina, que tiene una causa identificable y suele desaparecer cuando el problema que lo originó se resuelve. Por el contrario, el dolor crónico persiste y se convierte en una enfermedad por sí misma. La OMS estima que cerca de 30% de la población mundial vive con algún tipo de dolor crónico, es una de las principales causas de discapacidad y se asocia con mayor riesgo de ansiedad, depresión y trastornos del sueño. En México, al menos uno de cada cuatro adultos presenta dolor persistente.

El dolor no se experimenta ni se atiende de la misma manera para todos. Durante décadas, la investigación médica se concentró principalmente en hombres adultos. Aunque la evidencia científica no respalda que las mujeres tengan un umbral de dolor más alto que los hombres –de hecho, la mayoría de los estudios muestran lo contrario–, sí experimentan el dolor de una forma más compleja y variable. Este mito proviene de la interpretación social de fenómenos como menstruación, embarazo, parto y a la mayor prevalencia de enfermedades dolorosas como migraña, fibromialgia y endometriosis. Sin embargo, convivir con episodios dolorosos no significa tener un umbral biológico más alto. 

Lo que sí sabemos hoy es que hombres y mujeres procesan el dolor de manera distinta. Investigaciones recientes han identificado diferencias biológicas en los nociceptores –las células nerviosas que generan las señales de dolor–, así como influencias hormonales, inmunológicas y neurológicas que modifican la experiencia dolorosa. Y aunque las mujeres suelen experimentar más dolor y tienen una mayor carga de enfermedades dolorosas, históricamente su dolor ha sido más cuestionado, minimizado o atribuido a factores emocionales. Ellas suelen esperar más tiempo para recibir analgésicos en servicios de urgencias y mayor probabilidad de escuchar frases como “es estrés”, “es ansiedad” o “es hormonal” antes de obtener un diagnóstico. La edad también modifica la forma en que entendemos el dolor. En los niños, el desafío es que muchas veces no cuentan con el lenguaje suficiente para describir lo que sienten. Por el contrario, en los adultos mayores –entre los cuales 25 y 50% viven con dolor persistente– existe una peligrosa tendencia a asumir que el dolor es una consecuencia del envejecimiento. 

Normalizar el dolor crónico retrasa diagnósticos de cáncer, fracturas por fragilidad, enfermedades vasculares o trastornos neurológicos; además, se asocia con un mayor riesgo de aislamiento social, depresión, deterioro funcional y pérdida de autonomía. El desafío es que la evaluación del dolor depende, en gran medida, de la capacidad de los médicos para escuchar, interpretar y contextualizar lo que una persona está viviendo. El dolor tiene muchas formas, muchas causas y demasiados prejuicios alrededor. Necesitamos aprender a escuchar y creerle al paciente.

Recientemente he acompañado a una de mis amigas más queridas a transitar por una neuralgia bilateral del trigémino, considerada como uno de los dolores más intensos que puede experimentar un ser humano. Produce descargas eléctricas súbitas y extremadamente dolorosas en cara, mandíbula y mejilla, haciendo muy difíciles actividades simples como hablar, sonreír o cepillarse los dientes. Se le ha llamado históricamente “la enfermedad del suicidio” por la intensidad del sufrimiento.

A través de su experiencia he podido constatar que el sesgo de género sigue ahí, minimizando los síntomas, suponiendo un origen emocional o por estrés. Se abandona la búsqueda de las causas biológicas, se les etiqueta como “pacientes difíciles” y se les envía a casa con la sugerencia de ver a un psiquiatra, la promesa vacía de que “desaparecerá eventualmente” y con menos empatía de la que debería recibir una persona que sufre y para quien los medicamentos dejaron de funcionar. A ella y a todos los que viven con dolor, este Arco.