Cuando la evidencia incomoda y la promesa seduce

Juana Ramírez

Juana Ramírez

El arco de Juana

Una amiga de 56 años con peso controlado y un estilo de vida saludable –alimentación balanceada, actividad física y sin consumo de alcohol ni tabaco– me comparte que su nivel de “colesterol malo” es de 370 mg/dL. Un valor extremadamente alto y peligroso, clasificándose muy por encima del umbral de riesgo alto (generalmente >190 mg/dL). Un LDL de 370 mg/dL indica una acumulación severa de grasa, aumentando drásticamente el riesgo de infartos, ictus y aterosclerosis. Se requiere atención médica inmediata y tratamiento, porque es frecuente que se trate de una condición genética. Su médico indicó tratamiento con estatinas desde hace varios meses, pero ella decidió no tomar medicamentos, porque cree que eso no la va a ayudar, que los medicamentos tienen efectos secundarios fuertemente relacionados con problemas mentales. Sin embargo, todos los estudios científicos relacionados han demostrado que estos efectos son poco comunes y que, en general, se trata de medicamentos seguros que protegen y salvan la vida de millones de personas.

En la consulta médica esto es cada vez más frecuente: el médico prescribe un tratamiento con respaldo científico y el paciente asiente, pero al salir decide no seguirlo. Días después, ese mismo paciente consume tés, gotas “naturales” o recomendaciones encontradas en redes sociales, podcasts o grupos de mensajería, sin evidencia clínica que las respalde. ¿Por qué confiamos menos en la medicina y más en las promesas?

Pese a sus avances, la medicina moderna se percibe como fría, impersonal o excesivamente técnica. Muchos pacientes sienten que no fueron escuchados, que el diagnóstico fue rápido o que el tratamiento ignora su historia emocional. En contraste, los remedios alternativos suelen ofrecer algo muy atractivo: tiempo, cercanía y una narrativa de cuidado integral.

También está el miedo a los efectos secundarios. Los medicamentos con evidencia científica informan con claridad sus riesgos, porque así lo exige la ética y la regulación. Paradójicamente, esta transparencia genera temor. Lo “natural”, en cambio, se vende como inocuo, aunque no lo sea. La idea de que lo natural no hace daño es uno de los mitos más peligrosos.

Otro factor clave es la ilusión de control. Elegir un suplemento o una terapia alternativa hace sentir a las personas protagonistas de su salud y resulta más cómodo que aceptar una indicación médica que implica disciplina, cambios de hábitos o tratamientos prolongados. La promesa de soluciones rápidas y sencillas es seductora. Las redes sociales amplifican este fenómeno. Un testimonio emocional puede parecer más convincente que años de investigación clínica. Pero, que algo “le haya funcionado” a alguien no significa que sea seguro, eficaz o aplicable a todos. La evidencia no niega la experiencia individual, la contextualiza y la somete a prueba para proteger a la mayoría.

El problema no es menor. Sustituir tratamientos médicos por remedios sin evidencia puede retrasar diagnósticos, agravar enfermedades crónicas, provocar interacciones peligrosas y, en algunos casos, el daño es irreversible. La medicina basada en evidencia no es infalible, pero es el mejor sistema que tenemos para minimizar riesgos y maximizar beneficios. A mi amiga decidí explicarle por qué debía empezar a tomar su tratamiento cuanto antes. Hablamos del funcionamiento del corazón, las arterias y cómo la acumulación de grasa sobreesforzaba todo su cuerpo. Ella ya tenía síntomas que demostraban ese riesgo. Decidió pedir el medicamento y ayer empezó su tratamiento.

Defender la ciencia no significa deshumanizar la medicina. Al contrario, implica integrar empatía, escucha y acompañamiento con decisiones informadas. El reto no es elegir entre ciencia o bienestar, sino entender que la verdadera medicina integral es aquella que combina humanidad con evidencia.

Cuestionar es válido. Informarse es necesario. Pero confiar ciegamente en lo que no ha sido probado puede salir muy caro. En salud, las decisiones deben basarse en datos, no en promesas. Porque cuando se trata del cuerpo y de la vida, la evidencia no es una opción, es una responsabilidad y la educación al paciente, el camino.

X