Mucho se dice respecto a la comunicación por medio de caricaturas, es decir, de manera concreta me refiero a las y los muy conocidos moneros, denominación que me resulta hasta cierto punto despectiva, ya que, en muchos de los casos —y aclaro que no en todos—, realizan verdaderas expresiones que rayan en el arte. Es de notarse que es una forma por la cual, igualmente se dice, existe una real libertad de expresión.
Sobre esto existen, y han existido, grandes caricaturistas, profundamente agudos, que han mostrado la realidad, por cruda que parezca, en un momento y espacio en el mundo, ya que, evidentemente, es algo que rige a lo largo y ancho del planeta. No es exclusivo del ingenio mexicano.
En mi perspectiva, uno de los casos emblemáticos a nivel internacional de lo anteriormente expuesto es la publicación francesa semanal llamada Charlie Hebdo. Seguramente usted la recordará derivado de la controversia que, hace más de 10 años, desató por haber ilustrado una portada considerada indebida para la religión musulmana, lo que generó protestas internacionales. Igualmente, y de manera lamentable, se menciona que por tal motivo la revista sufrió un ataque terrorista en represalia, con la trágica muerte de 12 personas que laboraban ahí.
La publicación fue fundada en 1970 y se caracteriza por un humor irreverente, sin fronteras ni límites frente a la política, la religión y los gobiernos alrededor del globo terráqueo. Tiene como línea editorial la defensa de la libertad de expresión sin censura.
Sin embargo, es necesario reflexionar cuál puede ser la línea que rebasa la libertad de expresión frente al respeto a la imagen de una persona o grupo de ellas. Regreso a Charlie Hebdo como una clara muestra de lo que puede llegar a generarse. El 24 de diciembre pasado, la revista publicó una caricatura de una mujer danzando en un escenario, rodeada de un cinturón de plátanos y siendo ridiculizada por un público conformado en su totalidad por hombres. El título de la portada: “Rokhaya Diallo Show: ridiculiza el laicismo alrededor del mundo”. ¿Quién es Rokhaya Diallo? Es una mujer francesa, escritora y directora de cine; es activista antirracista, ha escrito sobre la relación entre la forma de empleo y el racismo, así como sobre la forma de hablar del laicismo con las y los niños.
Está por demás decir que Diallo calificó a la revista de racista y sexista. En enero fue entrevistada por el diario británico The Guardian+; su respuesta en medios y redes sociales, en síntesis, fue en el sentido de que la portada se limitaba a reducir la imagen de la mujer a un cuerpo danzante y supuestamente salvaje. Sobre esto se generó cualquier cantidad de respuestas a favor de ella y, como es lamentablemente de esperar, también a favor de la publicación. La respuesta de Charlie Hebdo no se hizo esperar: acusó a la activista de manipulación de la información, así como de distorsionarla y desvincular la imagen del texto del artículo.
Otra de las discusiones que válidamente debe mencionarse es el hecho de republicar este tipo de caricaturas a través de otros medios de comunicación. Por conducto del European Journalism Observatory, en un artículo se ventiló tal controversia en el contexto del atentado terrorista señalado en párrafos anteriores, y uno de los argumentos que se esgrimieron para no hacer eco de ese tipo de cartones implica la confrontación que existe, nuevamente, entre la libertad de expresión y una ofensa o injuria innecesaria en contra de una persona u organización. La mayoría de los medios impresos se opusieron a darles difusión en ese momento.
Sin duda, la libertad de expresión, en todas sus formas, debe existir; eso no tiene espacio para ser cuestionado. Esta libertad sirve para limitar cualquier tipo de exceso —en cualquiera de sus modalidades— en una sociedad contemporánea, pero, insisto, no se puede ni se debe olvidar el respeto a la persona como ente individual y sujeto de derechos intrínsecos. Resulta imposible ignorar hasta qué punto llega el humor y en dónde inicia el agravio.
