Mañana en la Ciudad de México arrancará una edición más del Mundial. El legendario Estadio Azteca volverá a ser la sede de un partido inaugural del evento deportivo de mayor relevancia en el orbe. Con el duelo entre la selección nacional y la de Sudáfrica dará inicio un certamen que, por supuesto ha generado enormes expectativas entre millones de personas de todo el planeta. Pero, así como miles de aficionados esperan con ansias poder ver lo que sucederá en el torneo que tiene a EU como actor principal, y a México y Canadá en un rol de actores secundarios, ha generado muchos sentimientos encontrados, incluso entre defensores del futbol.
Estas sensaciones negativas en torno a la gran justa del balompié han ido creciendo conforme nos acercamos a la inauguración. Varios son los factores que se han acumulado para que esto suceda, llevando incluso a muchos grandes aficionados a perder interés en lo que estará sucediendo del 11 de junio al 19 de julio. Incluso yo, que desde el Mundial de España 82 he esperado emocionado cada cuatro años que llegue una nueva edición, no tengo esa misma euforia; todo lo que ha venido surgiendo en cuanto a información referente a la organización de la FIFA, incluyendo los exorbitantes precios de los boletos y las aparentes estafas en su venta, han logrado romper el encanto. Obvio que ésta no es la primera ocasión que nos enteramos de escándalos relacionados con la corrupta FIFA, y con la realización de Copas del Mundo: ejemplos hay muchos, principalmente en los procesos de selección para las del 2018 y de 2022, otorgadas a Rusia y a Qatar, respectivamente. Sin olvidar los nubarrones negros sobre las gestiones de João Havelange y de Joseph Blatter al frente del organismo. Pero en esta ocasión cada día surgen historias acerca de algún tipo de problema relacionado con el evento, porque además del boletaje y toda la porquería relacionada con su venta y distribución, nos enteramos de problemas de visado que incluso ya han alcanzado a un árbitro somalí. Si le sumamos la animadversión que el presidente de EU provoca a nivel global, y el gigantismo del torneo, al que le sobrarán partidos poco atractivos, la mezcla ha sido perfecta para el desencanto mundialista.
En el caso de nuestro país, las sensaciones también son negativas, muchos ven el evento como una oportunidad para los políticos para desviar la atención de cosas de mucho mayor relevancia. Sin olvidar que México tuvo ocho años para prepararse, y en muchos casos, todo se dejó para el último momento, generando obras al vapor. Sin olvidar que muy pocos encuentros se verán por televisión abierta. Lo que debería ser la gran fiesta del futbol se ha transformado en el evento de la codicia por parte de la FIFA, y de la pésima planeación de nuestras autoridades. Por ello no debe sorprender que la fiebre mundialista no haya llegado, y posiblemente no llegue a acercarse a lo que se generó tanto en 1970 como en 1986.
