Vestigios sin pista
Diego Prieto y Alejandra Frausto tendrían que acelerar el estudio de las piezas, la restauración de esos vestigios y exponerlos.

Juan Carlos Talavera
Vórtice
Hace una semana se cumplió el primer aniversario luctuoso del arqueólogo estadunidense Jeffrey R. Parsons (1939-2021), estudioso de los asentamientos prehispánicos en México y Perú, y quien dedicó parte sustancial de su vida a explorar el Lago de Texcoco, específicamente los terrenos del cancelado Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM).
La muerte de Parsons pasó desapercibida por aquí, pero sus trabajos de investigación en la Cuenca de México y en Oaxaca, entre 1960 y 2003, tendrían que ser releídos por las autoridades culturales de México, en particular aquéllas que de pronto manifiestan un cariño insospechado por las doraditas y las tlayudas. Una puntada más. Ojalá dedicaran ese mismo entusiasmo a conseguir presupuesto para el sector o para atender las zonas arqueológicas olvidadas.
En 2015, Parsons aseguró (Excélsior, 13/04/2015) que “el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) no realizó la exploración arqueológica completa ni hizo suficientes excavaciones profundas en el Vaso del Lago de Texcoco”, donde empezaría a construirse el NAIM.
Y recordó que, en 2003, con apoyo de Luis Morett, investigador de la Universidad Autónoma Chapingo, exploró 22 kilómetros cuadrados (de los 44 que ocuparía el NAIM) y rescató cerca de 10 mil fragmentos cerámicos, sahumadores, vasijas, cajetes, navajillas, cuchillos y raspadores de sílex.
También se supo que, en 2012, Morett, con apoyo de la Universidad Autónoma de Nuevo León, exploró algunos puntos con potencial arqueológico (sólo 30 de los mil 100 detectados originalmente). Desde entonces se le consultó al INAH, pero Diego Prieto, quien ya era su titular, guardó silencio. En 2016 se supo que habían recuperado 800 fragmentos y piezas de las culturas mexica, teotihuacana, tolteca y mezcala, así como los restos de un ayauhcalli.
Todo aquel material recolectado fue resguardado por Morett en la Universidad Chapingo, pero hasta el momento se desconoce cómo va su investigación o la restauración de aquellos materiales. Recuerdo haberle solicitado a Morett una visita a Chapingo para conocer las piezas recuperadas, pero constantemente “le fue imposible”, porque siempre andaba en trabajo de campo en Tlaltizapán o padecía alguna enfermedad y hasta una intervención quirúrgica. Con los meses, se sumó al mismo silencio del INAH.
La única respuesta que aportó su oficina llegó en 2018, a través de la Plataforma Nacional de Transparencia, cuando afirmó que, “por tratarse de materiales arqueológicos todavía en proceso de estudio, éstos se conservan en buen estado en las instalaciones de la UACh, específicamente en el Laboratorio de Análisis de Materiales, bajo resguardo directo del suscrito”.
Me pregunto si el INAH ha logrado hacer algo con aquel material recuperado, porque estoy convencido de que tiene la obligación de rescatar el tema e informar qué fue de ese material y qué tanto se dejó in situ.
Prieto y Alejandra Frausto tendrían que buscar la manera de acelerar el estudio de las piezas, la restauración de esos vestigios –aunque no se trate de mamuts como los de Santa Lucía– y, de ser posible, exponerlos en el Museo Nacional de Antropología o en algún otro foro para darle un sentido histórico a la “recuperación del Lago de Texcoco” y, de paso, rendirle un justo homenaje a Parsons.
No hay que dejar de lado el numeral IX del decreto mediante el cual se declaró área natural protegida a dicha zona de los municipios de Texcoco, Atenco, Chimalhuacán, Ecatepec de Morelos y Nezahualcóyotl, en el Estado de México, publicado en el Diario Oficial de la Federación (22/03/2022), en el que se menciona el hallazgo de vestigios históricos y arqueológicos y se prohíbe “modificar el entorno natural donde se ubican”.