Piratería
En 2015, el consumo de libros impresos pirata fue de 41% y, tres años después, esa cifra se incrementó a 48 por ciento

Juan Carlos Talavera
Vórtice
Cuando se habla de piratería del libro en nuestro país, algunas voces sugieren que se trata de un mal necesario o que es un factor inevitable que facilita el acceso a la lectura entre los sectores más vulnerables. No creo que siempre sea así, pero este problema debería ser analizado meticulosamente desde la ley, porque no es lo mismo un usuario que reproduce contenido en sus redes sociales para generar clics que la papelería de la esquina que vende engargolados con fotocopias de algún texto de inglés o la red compleja que imprime y comercializa cientos de tomos y los vende enfrente de muchas librerías de la Ciudad de México.
El tema viene a cuento porque, en días pasados, dentro de la 37 Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Quetzalli de la Concha, vicepresidenta del Centro Mexicano de Protección y Fomento de los Derechos de Autor (CeMPro), dibujó un panorama preocupante al recordar que, en 2015, el consumo de libros impresos pirata fue de 41% y que, tres años después, esa cifra se incrementó a 48%, un alza considerable si tomamos en cuenta las dificultades que enfrenta el sector, como la crisis del papel, el aumento en los costos de producción y los obstáculos para circular volúmenes importados.
De la Concha advirtió que existe un tipo de piratería industrializada que produce miles de libros que se venden en el mercado informal intentando simular que son originales. Sin embargo, lo que el comprador desconoce, lamentó la especialista, “es que ese vendedor que comercia en la vía pública es el último eslabón de una cadena terrible que tiene que ver con delincuencia organizada”, como ya lo ha reportado el Observatorio Nacional Ciudadano. Incluso, se asegura que la mayoría de las grandes producciones pirata de libros impresos están a cargo de grupos del crimen y de cárteles de droga, al grado que Interpol y el FBI han manifestado abiertamente que cada vez que se adquiere un producto ilegítimo se aporta una cooperación a la delincuencia organizada.
Un problema esencial, apuntó la experta, es que cuando alguien adquiere un ejemplar en la calle considera que sólo aprovecha el mercado informal, algo que ocurre para todo tipo de productos (ropa, música, películas, etcétera), pero pocos imaginan que, al hacerlo, fortalecen al crimen organizado.
Aunado a esto, hoy se sabe que algunos títulos apócrifos (de autores bastante leídos como Isabel Allende, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa) pueden alcanzar tirajes de hasta 40 mil ejemplares, lo cual debería analizar con seriedad la autoridad mexicana, porque esto ayuda a financiar la impresión ilegal de obras que circulan menos o que tienen un margen de ganancia menor, lo cual afecta a toda la cadena del libro.
Otra problemática significativa es la piratería digital de libros. “Son estos sitios que se presentan como madres de la caridad literaria”, que compilan y digitalizan títulos, y los ponen en línea a un clic de distancia, en busca de usuarios que incrementen el tráfico de dichas plataformas, sin autorización de autores ni editores, mientras venden un poco de publicidad.
Otros más solicitan el correo electrónico, lo cual genera bases de datos que podrían venderse en el mercado negro, y en algunos casos se piden donaciones (de libros o de dinero) para continuar financiando dicha actividad.
La piratería es un mundo complejo que ha crecido sin mesura con la llegada del mundo digital. Hasta el momento, no existe una señal clara que nos demuestre que, desde las instituciones, se busque su erradicación. Por otro lado, también sería necesario que los editores estudiaran la forma de abatir costos para publicar versiones más económicas que desincentiven la circulación de copias ilegítimas. Sin estos dos elementos, parece no haber salida