Huapalcalco
Esta zona arqueológica, que se ubica en Tulancingo de Bravo, Hidalgo, fue vandalizada con pintas rojas.
El descuido que prevalece en la zona arqueológica de Huapalcalco, ubicada en Tulancingo de Bravo, Hidalgo, sintetiza parte de la amnesia que padece el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) respecto a aquellos yacimientos arqueológicos que están fuera del radar en todo el país.
Huapalcalco —declarada zona de monumentos en junio de 2023, gracias a la tenacidad de la asociación civil Niebla y Tiempo y del apoyo jurídico del despacho Artículo 27— fue vandalizada con pintas rojas en diciembre pasado, en lo que el INAH calificó como “actos (que) han causado daño y conllevan al detrimento de la memoria ancestral de los pueblos originarios”.
En consecuencia, el instituto inició los procedimientos correspondientes, que aún siguen su curso. Sin embargo, a raíz de este hecho, ha sido inevitable percibir la falta de atención por parte de las autoridades en este espacio. Basta con leer el Programa de conservación, investigación y difusión de la zona arqueológica de Huapalcalco, obtenido por esta columna, que elaboró la arqueóloga Nadia Verónica Vélez Saldaña hace unos meses, el cual evidencia el olvido que sufre este yacimiento arqueológico, como ocurre en otros más.
Por ejemplo, reconoce que, “por décadas, este sitio ha carecido de investigación y trabajos de conservación, debido a la falta de presupuesto”, por lo que sus monumentos se encuentran en mal estado, lo que confirma algo obvio: “Es de suma importancia que se asigne un presupuesto anual” para el mantenimiento y preservación de la Zona de Monumentos Arqueológicos Huapalcalco (ZMAH).
La experta identifica la existencia de pequeños actos de vandalismo y saqueos que han afectado al lugar, así como boquetes, crecimiento de hierba, erosión de lápidas y piedras de los monumentos, grietas, disgregación de rocas y la pérdida del núcleo en los edificios del conjunto VI, abiertos al público.
Reporta la vandalización de sus 25 conjuntos de pintura rupestre, afectados desde hace años con grafitis “hechos con aerosol, carbón, marcadores y otros rayados con herramientas punzocortantes”.
Vélez Saldaña también refiere la falta de seguridad y de personal en el sitio, así como la ausencia de una malla que facilite el control del acceso a visitantes. Incluso, alerta que algunos delincuentes se esconden en este lugar para luego ingresar a robar o asaltar en las calles aledañas.
El documento, que incluye algunos procedimientos necesarios para conservar las estructuras y las pinturas rupestres, solicita un “presupuesto emergente” o el apoyo de la Coordinación de Restauración para que el sitio sea incluido en el Programa Nacional de Conservación de Patrimonio Gráfico-Rupestre.
Por otro lado, la experta propone realizar excavaciones para obtener más información del sitio; colocar una malla ciclónica, asentada sobre una cadena de concreto hidráulico, y la instalación de cámaras de vigilancia conectadas al C5 para tener una vigilancia más amplia.
Sugiere rehabilitar los senderos de la zona, colocar estacas y escalones de madera (austeros) y construir un puente peatonal de 32 metros para evitar que el visitante escale una cañada que podría ponerlo en riesgo; y advierte que se necesitan cédulas informativas y crear un área de servicios y atención al visitante (baño, espacio de custodia y bodega para herramientas e insumos), así como un salón de usos múltiples y una sala de investigación para materiales arqueológicos recuperados de salvamentos anteriores… es decir, falta todo.
Por desgracia, hasta este momento, el INAH no ha anunciado la ruta de acción en la ZMAH y, a nueve meses de que concluya la administración de Diego Prieto, no se aprecia que el tema tenga alta prioridad en la agenda del instituto.
