ERA, en cuidados paliativos

Es natural la tristeza que provoca la extinción casi inminente de Ediciones ERA. Los numerosos mensajes, anécdotas, lamentos, críticas, quejas y propuestas de rescate que se han multiplicado en el ágora virtual dimensionan la pérdida y le dan forma a ese pensamiento incómodo del que poco hablamos: sin importar la edad ni el género, cada día tenemos menos tiempo, fondos o disposición para adquirir libros.

Ojalá cada uno de esos mensajes difundido en redes sociales estuviera acompañado de la compra de un libro de esta editorial en problemas. ¿Por qué no adquirir alguno de Coral Bracho, Eduardo Antonio Parra, Elsa Cross, Fabio Morábito, Alberto Ruy Sánchez, Verónica Murguía o Hiram Ruvalcaba? Con suerte, la demanda de libros revertiría la decisión del sello de “reducir al mínimo las operaciones” —sea lo que eso signifique— y que, de aquí a noviembre, la coyuntura marcara una genialidad en el terreno de la mercadotecnia.

¿Por qué no ir a cualquier librería, comprar un libro de José Emilio Pacheco y obsequiarlo a un sobrino, a un amigo; o el catálogo Toledo-Monsiváis para algún joven con afinidad por el arte? ¿Por qué no pedir a domicilio Paradiso, de José Lezama Lima, y donarlo a la biblioteca más cercana?

¿Dónde están esos profesores —en especial de literatura— que uno imaginaría discutiendo en el aula sobre libros como El principio del placer, de José Emilio Pacheco; Aura, de Carlos Fuentes o, al menos, La oveja negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso? ¿Hay alguno por ahí?

¿Será que todo es culpa del PDF o más bien hemos aceptado como mantra los resúmenes generados con inteligencia artificial? Me pregunto si muchas de las horas de literatura en secundaria y preparatoria no se habrán convertido en la clase más barco de la historia, con profesores buenaondita que llegan al salón y cuentan su vida como si se tratara del Quijote ¿Conocen a alguien así? Y luego nos asombran las estadísticas del Inegi.

Lo más triste de la paulatina extinción de Ediciones ERA es que reflejaría el escaso consumo de nuestros clásicos. Quizá para confirmarlo bastaría con que cada lector volteara a su librero (físico o digital) y, en un ejercicio de autocrítica, ubicara los libros de este sello que adquirió en el último año. Ahí está la respuesta.  

El pasado jueves, como todos escuchamos, la Presidenta instruyó a la secretaria de Cultura, Claudia Curiel, buscar a los directivos de la editorial en apuros para ver de qué manera se les puede ayudar. La propuesta no generó una respuesta pública inmediata (visible) de los editores ni de sus autores, lo que podría interpretarse como que este sello independiente no tiene interés en un apoyo gubernamental.

Pese a todo, sería necesario que Curiel revelara cuanto antes en qué consistirá la propuesta de la SC. ¿Les brindarán algún subsidio?, ¿comprarán libros y los llevarán a la Red Nacional de Bibliotecas Públicas?, ¿ofrecerán el rescate de una parte del catálogo para llevarlo a la colección Vientos del Pueblo del Fondo de Cultura Económica (FCE)?, ¿los invitarán al Gran Remate de Libros de la CDMX o a usar las vitrinas del Palacio de Bellas Artes para hacer alguna venta especial?, ¿les plantearán guardar sus originales y su archivo en la Bodega Nacional de Arte para, algún día, conformar un hipotético museo del libro? Yo sólo invento, pero sabemos que el camino al olvido está lleno de buenas intenciones.

Ojalá que los cuidados paliativos con que ya sostienen a Ediciones ERA sean un hecho aislado y que no representen una condición del paisaje de editoriales independientes en México. Ahí están Vaso Roto, Sexto Piso, Grano de Sal, Almadía, Elefanta, Ediciones El Milagro, Perla Ediciones, Paraíso Perdido y muchas más.