En la frontera
En el Museo de la Revolución en la Frontera, en Ciudad Juárez, Chihuahua, los recursos escasean.
Aunque se insiste en las bondades de la exitosísima descentralización del sector cultural, emprendida en la gestión de Alejandra Frausto, la realidad es distinta, pues mientras el Proyecto Chapultepec se erige y ostenta un presupuesto de 10 mil 500 millones de pesos, a más de mil 500 kilómetros de distancia, en el corazón de Ciudad Juárez, se encuentra el Museo de la Revolución en la Frontera (Muref), donde los recursos escasean, tal como lo demuestra la modesta museografía de un recinto que no ha sido actualizado en más de una década, pese a que es bastante visitado, ya sea por curiosidad o porque es uno de los pocos edificios de acceso libre que cuentan con aire acondicionado.
El inmueble que ocupa el museo no es poca cosa. Se trata de la exaduana inaugurada en 1889 por Porfirio Díaz, en el mismo sitio que, en 1911, se firmaron los Tratados de Ciudad Juárez, con los que se dio por terminada la contienda armada maderista. El edificio está bien conservado, pero su museografía no alcanza a mostrar las huellas de la frontera y sus vínculos con la Revolución Mexicana, temas que a menudo se han pregonado con soltura desde la capital.
El acceso, como decía, no tiene costo, pero tanto los objetos como las fichas y el recorrido no tienen la coherencia que merece este museo. Aunado a esto, la ruta se apoya en una audioguía con QR distribuidos a lo largo de sus seis salas, los cuales supuestamente son accesibles desde cualquier teléfono celular, pero no es así.
Y a esto se suman otros detalles: los materiales hemerográficos lucen deteriorados, las fotografías no cuentan con fichas de identificación, las cajas de luz están apagadas, se incluyen cuadros de un artista contemporáneo que recrean hechos relevantes —como la aprehensión de Juan Sarabia y la Expedición Punitiva contra Francisco Villa, en 1916—, pero nunca se identifica al pintor; así como decenas de cédulas gastadas y piezas que parecieran de gran relevancia, pero que se pierden entre maquetas, libros, armas y vestuario de época.
Como ejemplo se puede mencionar una supuesta prenda de Ricardo Flores Magón —y digo supuesta porque en ningún lugar se aclara si es original o una réplica— que mostraría cómo enviaba sus artículos al periódico, pues, pese a estar preso en Estados Unidos, redactaba sus textos en la pretina de sus calzones, los cuales eran rescatados rumbo a la lavandería.
Finalmente, se desperdicia la importante muestra de cómics de época que fueron dedicados a Villa y a las Adelitas. ¿De qué sirve un sitio así? ¿Cómo ayuda la realización del Tren Maya y del Proyecto Chapultepec a recintos como éste? Habría que preguntarle también a Diego Prieto, por qué este museo está bajo el resguardo del INAH.
FUERA DE TIEMPO
Lucina Jiménez, titular del INBAL, ha decidido mantenerse silenciosa frente a algunos pendientes que enfrenta al cierre de su gestión.
Por ejemplo, no ha querido informar sobre el estudio que el Cencropam debió realizar a las cerca de 20 obras de dudoso origen que fueron atribuidas a artistas como María Izquierdo, Dr. Atl, Frida Kahlo y Leonora Carrington y que se exhibieron, sin el menor rubor, en el Museo Internacional del Barroco (MIB), en Puebla, como parte de la muestra Hecho en México. Siglo de oro del arte mexicano, lo cual reveló Excélsior en enero pasado.
El tema es grave, pero a casi seis meses de que el hecho fuera expuesto, Jiménez pareciera tomar la decisión de heredar éste y otros problemas más a quien la suceda. Podría parecer un asunto menor, pero es tiempo de que quienes asisten a la virtual presidenta electa, Claudia Sheinbaum, pidan que se aclaren todos los pendientes y que el olvido no se justifique so pretexto de la transición.
*Esta columna tomará unos días de descanso por las vacaciones de verano y regresará el 3 de agosto.
