Dos murales destruidos

Una exposición evoca las obras Díptico de la vida y Frisos de la televisión, de Jorge González CamarenaDe manera sigilosa, la exposición La utopía inacabada, dedicada al pintor, escultor e ilustrador Jorge González Camarena 19081980, en el Museo del Palacio Bellas ...

  • Una exposición evoca las obras Díptico de la vida y Frisos de la televisión, de Jorge González Camarena

De manera sigilosa, la exposición La utopía inacabada, dedicada al pintor, escultor e ilustrador Jorge González Camarena (1908-1980), en el Museo del Palacio Bellas Artes, presenta el registro de dos de sus murales que fueron destruidos: Díptico de la vida y Frisos de la televisión, cuyas huellas se han perdido en la sombra del tiempo, pero aquí son evocados a partir de algunas fotografías dispersas.

Así que vale la pena revisar detenidamente ambos casos, que pueden servir como un simple recordatorio de la fragilidad del patrimonio artístico de México, tal como hoy vemos con sorpresa con el acervo de Frida Kahlo, que resguarda el Banco de México (Banxico), instancia a la que nadie le exige aclarar la aparente salida y venta de obra, y la pérdida de las páginas de su diario, que deberían estar en la Casa Azul, como denunció en abril pasado la experta Hilda Trujillo.

Díptico de la vida fue realizado por Jorge —hermano de Guillermo, inventor de la televisión a color— en 1941, en el vestíbulo del edificio anexo al Banco de México, conocido como Edificio Guardiola, en el Centro Histórico, donde plasmó los cuerpos desnudos de un hombre y una mujer.

El tema, escribe Ariadna Patiño, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ocasionó la ira de los banqueros, quienes calificaron el mural como pornográfico y buscaron su desaparición inmediata. Sin embargo, en su momento (el arquitecto Carlos)

Obregón Santacilia, quien hizo el encargo, aseguró que el escándalo se desató luego de la intervención del también pintor Ángel Zárraga, quien cuestionó la calidad de la obra.

El escándalo hizo que se creara una comisión integrada por el Dr. Atl, Diego Rivera y Obregón Santacilia, quienes lograron que los murales permanecieran en el sitio, hasta que el terremoto de 1957 terminó con ellos. Pese a todo, siempre quedó la sospecha de que sólo fue el pretexto para destruirlos, pues la decisión de demolerlos fue tomada sólo 48 horas después del sismo. Hoy, de aquel mural quedan un estudio a color y un par

de fotografías.

La segunda pieza es el altorrelieve Frisos de la Televisión, que el artista hizo en 1959, por encargo de Emilio Azcárraga Vidaurreta, en la fachada sur de Televicentro (Dr. Río de la Loza, No. 162). Esta obra la dividió en seis paneles y fue explicada por el propio artista en un video subido a YouTube (https://shre.ink/equ5), donde habla de su inspiración en el arte popular y cómo aquellas imágenes evocan lo que ocurre en la televisión.

La pieza contaba con seis frisos que se podían leer en orden ascendente. El primero lleva el nombre de Televicentro. El segundo retrató el mundo de los deportes; el tercero habla de la música y el baile, donde aparecen el huéhuetl, la chirimía, la canción ranchera, el ballet, el jazz, la música clásica y el director de orquesta.

El cuarto lo dedicó al teatro y al cine; el quinto retrataba la información y la difusión de ideas, donde aparecía un tanque de guerra sobre el que volaban las palomas de la paz, un globo terrestre mirado por muchos ojos y un hombre que conducía las noticias. Y la última sección la destinó a las ciencias y a las artes.

Pero vino el sismo de 1985 y aquel altorrelieve desapareció. Sin embargo, desde hace tiempo la Fundación Cultural Jorge González Camarena ha insistido en que el friso “se fue deteriorando por falta de mantenimiento y, sobre todo, por las ampliaciones y modificaciones hechas al edificio a través de los años”, como reportó Verónica Díaz (Milenio 05/01/2016) y confirmó el curador Miguel Álvarez, quien expone una serie fotográfica que da cuenta de la pieza.

Sirvan estos dos relatos para recordar lo que ocurre cuando las instituciones culturales que viven del erario, dejan de lado parte de la obligación: la revisión.

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