Acariciar el dogma

Marx Arriaga emitió un documento confuso que va de la pasión a la pureza y de la vocación a la misericordia

No creo en manifiestos. Tampoco en la necesidad de articular una lista de principios que un grupo deba seguir al pie de la letra, como si necesitara instrucciones de bolsillo para sobrevivir en Un mundo feliz. A lo mucho, documentos así quedan para el registro anecdótico de una época o como cartas de “buenas intenciones” que se marchitan con el aderezo de alguna doctrina.

Algunos manifiestos sí se convierten en referencias históricas y derivan en panfletos que la historia ubica por sus dosis ideológicas, pero eso sucede cuando están bien articulados. En el caso del Manifiesto de Bibliotecas Públicas Mexicano que hace unos días lanzó Marx Arriaga Navarro, titular de la Dirección General de Bibliotecas (DGB), se percibe un documento confuso que va de la pasión a la pureza y de la vocación a la misericordia.

Su lanzamiento fue el pasado 20 de julio, en el marco del Día Nacional del Bibliotecario, durante una conferencia virtual convocada por la Biblioteca Central del estado de Hidalgo Ricardo Garibay. ¿Qué diría Garibay sobre este documento? Lo dejo a la imaginación.

En su alocución virtual, Arriaga dijo que el manifiesto es un “regalo para los bibliotecarios del país”. Quizá me equivoque, pero los más de 15 mil bibliotecarios de la Red Nacional de Bibliotecarios (RNB) de México –que perciben un sueldo promedio de tres mil 500 pesos mensuales–, habrían agradecido un incremento salarial, el mejoramiento de sus instalaciones, más tecnología, acceso digno a internet y la actualización completa de sus acervos a nivel nacional.

Se entiende que es un proceso largo, pues sólo hasta septiembre de 2019 la secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, reconoció que habían diagnosticado a 500 de las siete mil 458 bibliotecas del país, es decir, un 6.7% de ese universo. Puede ser que hayan avanzado más en este tiempo ¿o será la pandemia la muletilla del futuro?

Mientras tanto, nos detenemos en el “innovador” manifiesto con olor a dogma. Por supuesto, contiene algunas ideas obvias que cualquiera suscribiría. Como el que la RNB está en el olvido, que los bibliotecarios están hartos del abandono y de la violencia, que requieren de espacios dignos y ya no quieren ser tratados como muebles; y también es loable su rechazo a que sean utilizados como músculo electoral.

La duda llega cuando afirma que leer purifica, que “la lectura se llamará misericordia”, que un bibliotecario debe ser “misericordioso con sus usuarios” y un ejemplo para hombres y mujeres “con escasas nociones morales”. Y mejor olvidemos la idea de mandar las redes sociales a la silla eléctrica o su alusión al manifiesto de la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA), de 1994, proclamado por la Unesco, que pierde relevancia sólo porque en ese año, “en el ámbito de bibliotecas mexicanas, no se desarrolló ningún proceso revolucionario”. ¿Y ahora sí?

Cada quien es libre de lanzar o adherirse a cualquier idea o panfleto. Todos intuimos la importancia de las bibliotecas públicas y ojalá que en 2024 tengan algo más que una romántica proclama en la entrada. Lo que urge son recursos. Pero mientras esto sucede, podremos comprobar que no hay manifiesto que dure cien años ni bibliotecario que lo recuerde.

APUNTE EFÍMERO

Ya opinamos sobre la viabilidad de la FIL de Guadalajara en formato presencial. Sin embargo, hay otro foro que, por sus características y el público al que va dirigido, preocupa por la ferocidad de su silencio. Se trata de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ), que espera su edición 40 y no hay noticias. ¿Será virtual o en qué trabaja María Angelina Barona, titular de la Dirección General de Publicaciones (DGP)? ¿O sigue con su mudanza al Fondo de Cultura Económica (FCE)?

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