Los cárteles gringos. I

La tesis es clara: EU no es sólo consumidor, sino productor, distribuidor y protector de una red criminal doméstica que opera con impunidad

Durante décadas, el relato oficial estadunidense ha sostenido una narrativa conveniente: el narcotráfico es un mal importado desde México, y su nación es sólo una víctima del crimen organizado extranjero. Esta cómoda postura ha servido como escudo para ocultar su corresponsabilidad en una de las crisis sanitarias y sociales más graves de su historia: la del fentanilo. Sin embargo, este discurso lo desnuda el libro Los cárteles gringos, de J. Jesús Esquivel, presentado recientemente en el Senado de la República Mexicana, que representa el primer reconocimiento público de que en Estados Unidos existen estructuras criminales tan sofisticadas como las que por años han señalado al sur del río Bravo. La presentación recibió los comentarios académicos de la doctora Sonia Venegas Álvarez, directora de la insigne Facultad de Derecho de la UNAM.

Esquivel, corresponsal en Washington del semanario Proceso, no especula ni elucubra. Su trabajo se fundamenta en evidencia documental, entrevistas con funcionarios de alto nivel y archivos oficiales que desmontan —uno a uno— los mitos sostenidos por agencias como la DEA. La tesis es clara y demoledora: Estados Unidos no es sólo consumidor, sino también productor, distribuidor y protector de una red criminal doméstica que opera con impunidad.

El autor revela cómo pandillas locales, clubes de motociclistas y exmilitares estadunidenses han evolucionado hasta convertirse en estructuras que rivalizan con los cárteles tradicionales. Actúan en ciudades como Chicago, Los Ángeles y Nueva York, moviendo toneladas de drogas, en especial fentanilo, una sustancia 50 veces más potente que la heroína y que causa la muerte de hasta 500 personas por día en ese país. ¿Cómo operan estas redes? Con logística, dinero sucio, protección institucional y una hipocresía judicial que otorga sentencias suaves a delincuentes blancos y nacionales, mientras castiga con severidad y exposición mediática a los capos mexicanos.

Más aún: la participación de instituciones bancarias y farmacéuticas estadunidenses en esta tragedia es innegable. Esquivel documenta cómo el sistema permite transferencias sin rastreo, cómo las farmacéuticas promovieron los opioides bajo supuestos tratamientos para el dolor, y cómo la DEA ha fracasado —o se ha hecho a un lado— ante la magnitud del fenómeno. No es casualidad: investigar a fondo implicaría tocar intereses políticos y económicos profundos.

Pero lo más inquietante del libro no es sólo la descripción de estos cárteles “gringos”, sino el silencioso acuerdo social que los protege: mientras el consumo sea rentable, el problema se mantendrá encapsulado al sur del continente. La “guerra contra el narco” ha sido, en realidad, una guerra contra el otro. Y en esa guerra, México ha puesto los muertos, la sangre y el estigma.

Los cárteles gringos no es un libro más sobre el narcotráfico; es un parteaguas. Su sola publicación y presentación en el Senado constituyen un acto de valentía y una denuncia directa al corazón del sistema estadunidense. Esquivel rompe con décadas de propaganda que ofrece lo que toda política pública necesita: verdad, contexto y responsabilidad compartida.

Si queremos soluciones reales, no podemos seguir construyéndolas sobre mitos. El primer paso es mirar al norte no como víctima, sino como protagonista del desastre. Porque sin la participación activa —o la omisión cómplice— de los actores estadunidenses, esta crisis jamás habría alcanzado las proporciones actuales; efectivamente, en Estados Unidos también existen cárteles de la droga con estructura, territorio y poder… y ciertamente Estados Unidos no sólo consume drogas, sino que también las produce, las distribuye… y lava dinero en sus propios bancos. Todo el siglo nos han estado mintiendo. Se acabó el mito.

¿O no, estimado lector?

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