El imperio del odio (3)

Su retórica es agresiva, punitiva y excluyente. No busca convencer, busca someter. No dialoga, impone

Hay líderes que gobiernan desde la esperanza y otros que lo hacen desde el resentimiento. Donald Trump pertenece, sin ambigüedades, a la segunda categoría. Su regreso a la presidencia de Estados Unidos no representa una anomalía del sistema democrático, sino la confirmación de que el odio —bien administrado, teatralizado y repetido— puede convertirse en una estrategia de poder. Este tercer capítulo del Imperio no se edifica sobre el terror ni sobre el miedo, sino sobre algo más profundo y corrosivo: el odio como lenguaje político permanente.

Desde su primera campaña presidencial, Donald Trump construyó un relato en el que siempre hay enemigos visibles: los migrantes, los mexicanos, los pueblos indígenas, las personas afrodescendientes, la comunidad LGBTQ+, los pobres, los medios de comunicación, los jueces, los fiscales, los científicos, los ecologistas. La lista es larga porque el odio necesita expandirse para sostenerse. No es un recurso ocasional: es su forma natural de relacionarse con el mundo.

Trump no disfraza su desprecio. Está en sus palabras, pero también en sus gestos, en su tono corporal, en la violencia simbólica con la que señala, humilla o descalifica. Su retórica es agresiva, punitiva y excluyente. No busca convencer, busca someter. No dialoga, impone. Su populismo de ultraderecha necesita dividir para consolidar una identidad nacionalista basada en el miedo al “otro”, presentado como amenaza existencial.

Ese estilo no surge de la nada. Está profundamente ligado a su biografía empresarial. Durante décadas, Trump utilizó la intimidación, la demanda judicial y el ataque frontal como tácticas de negociación. Primero golpea, luego ofrece el trato. Esa lógica —propia del mundo inmobiliario más agresivo— la trasladó a la política internacional: primero amenaza a aliados, desacredita tratados, humilla a socios históricos, después exige lealtad. Europa, la OTAN, América Latina y hasta países sin conflicto real han sido objeto de esa lógica pendenciera.

En este marco, no sorprende su desprecio por las causas globales. Para Trump, el cambio climático no existe; es un obstáculo para el negocio. El fracking, la perforación indiscriminada y la negación científica se imponen incluso cuando el mundo observa inundaciones devastadoras en Europa, incendios incontrolables y comunidades enteras desplazadas. La realidad no importa cuando contradice la narrativa.

Tampoco sorprende su relación hostil con la prensa. Al definir a los medios como “enemigos del pueblo”, Trump no sólo desacredita coberturas incómodas: erosiona deliberadamente uno de los pilares democráticos. Lo mismo ocurre con el Poder Judicial, al que ha calificado con insultos impropios de un jefe de Estado. En su universo, toda crítica es traición y toda oposición merece castigo.

Las consecuencias de este discurso son tangibles y peligrosas. El odio no se queda en el estrado; se filtra en la sociedad. En un país donde el acceso a las armas es  irrestricto, la retórica de la invasión y la supremacía blanca ha servido de justificación para actos de violencia extrema. El caso de El Paso, Texas, donde un joven armado asesinó a personas motivado por el discurso contra los “invasores hispanos”, es una herida abierta que revela hasta dónde puede llegar la normalización del odio político.

Trump podrá insistir en que todo es estrategia. Pero el odio sostenido termina revelando convicción. Se le ve en el rostro, en la mueca permanente de desprecio, en la incapacidad de empatía. No gobierna desde la dignidad institucional, sino desde la lógica del jefe de pandilla que necesita enemigos para afirmarse.

El Imperio del Odio no construye naciones: las desgasta. Y cuando el odio se convierte en política de Estado, sólo el amor y el respeto por nuestros semejantes lo resuelve. ¿O no, estimado lector?

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