Gobernar desde la imprevisibilidad

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe cabezas

La política exterior suele pensarse como un ejercicio de largo aliento: diagnósticos, prioridades, intereses permanentes. Sin embargo, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 volvió a romper esa lógica. Más que una doctrina reconocible, lo que hoy define la acción exterior de Estados Unidos es un patrón: decisiones fragmentadas, impulsadas por luchas internas de poder y por la obsesión con victorias inmediatas que puedan ser exhibidas como trofeos políticos. No es mi intuición periodística. Es la conclusión central del más reciente estudio del European Council on Foreign Relations, bajo el título One battle after another: Factional struggles and the making of Trump’s foreign policy.

El documento describe una Casa Blanca que ya no opera bajo los mecanismos clásicos del proceso interinstitucional. El engranaje tradicional (Departamento de Estado, Pentágono, asesores de seguridad nacional) fue desplazado por una lógica más cercana a la de una corte. Grupos internos compiten entre sí por el acceso presidencial, por imponer su narrativa y por venderle a Trump la idea que prometa el mayor impacto mediático posible. La política exterior deja de ser un resultado colectivo y se convierte en un botín temporal para quien logre capturar la estima del presidente.

Esa dinámica explica por qué muchas decisiones parecen inconexas o abruptas. Acciones militares puntuales, gestos diplomáticos espectaculares o sanciones sorpresivas no responden necesariamente a una estrategia integral, sino al cálculo interno de facciones que buscan demostrar eficacia inmediata. Las “ganancias rápidas” pesan más que la coherencia a largo plazo. El problema es que una política exterior construida así puede generar titulares, pero rara vez construye estabilidad.

 

IMPLICACIONES EN EUROPA

El estudio del European Council on Foreign Relations subraya que este enfoque no sólo vuelve impredecible a Washington, sino que erosiona la confianza de aliados y socios tradicionales. Europa, en particular, enfrenta un dilema complejo: ya no puede asumir que Estados Unidos actuará como un actor estratégico constante. Para influir en sus decisiones, los argumentos técnicos o diplomáticos resultan insuficientes si no van acompañados de una comprensión fina de las batallas internas que se libran en la Casa Blanca. Saber quién habla, desde qué facción y con qué narrativa puede ser más determinante que la solidez del planteamiento mismo.

Esta lógica ayuda a entender la volatilidad de decisiones relacionadas con escenarios tan sensibles como Siria, Israel-Palestina, Irán o incluso América Latina. La rapidez con la que surgen ciertas acciones desconcierta a aliados europeos y a organismos multilaterales, no porque falte información, sino porque el proceso decisorio responde a impulsos internos más que a evaluaciones estratégicas compartidas.

 

LA VOLATILIDAD ESTADUNIDENSE

El efecto acumulado de esta fragmentación es una mayor incertidumbre internacional. Cuando la política exterior estadunidense es coherente, aun quienes discrepan pueden anticiparla y adaptarse. Pero cuando cambia según la facción que logra imponer su versión del “triunfo” presidencial, el sistema internacional se vuelve más frágil. Las alianzas se debilitan, los compromisos se vuelven difusos y los adversarios encuentran espacios para expandir su influencia.

El impacto es especialmente delicado en la gestión de conflictos prolongados. Decisiones sobre guerra, paz o negociación tienden a depender menos de análisis estratégicos sostenidos y más de cuál enfoque prometa un éxito narrativo inmediato. En escenarios como Ucrania o en el manejo de relaciones con Irán o Corea del Norte, esa lógica deja poco margen para la paciencia diplomática o la construcción de consensos duraderos.

Para la comunidad internacional, la lección es incómoda, pero clara. No basta con esperar previsibilidad de Washington. Europa, y también Asia, América Latina y África, deben fortalecer mecanismos propios de coordinación y cooperación que no dependan exclusivamente de los vaivenes estadunidenses. Al mismo tiempo, entender las dinámicas internas del poder en Estados Unidos se vuelve una herramienta estratégica indispensable.

El retrato que ofrece el European Council on Foreign Relations es el de una política exterior definida menos por una visión de mundo que por una sucesión de batallas internas. Un Estados Unidos cuya acción global ya no se explica sólo por intereses geopolíticos, sino por la competencia constante por adjudicarse victorias visibles dentro de la Casa Blanca. Tomar nota de ese patrón no es opcional. Es una condición mínima para navegar un orden internacional cada vez más volátil.

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