Hay una pregunta que nos incomoda hacer en voz alta: ¿cómo es posible que príncipes, premios Nobel, titanes financieros y expresidentes terminaran gravitando hacia la órbita de un depredador sexual? No hablo de encuentros casuales, sino de relaciones sostenidas, viajes repetidos, complicidades silenciosas. ¿Qué huecos tenían estos hombres —supuestamente los más brillantes— para caer en semejante red?
La respuesta es perturbadora: Jeffrey Epstein no era un genio del mal sobrenatural. Era un cartógrafo excepcional del vacío moral que habita en las cumbres del poder.
El poder extremo enferma. Cuando llegas a cierto nivel de riqueza o influencia, tus relaciones humanas se vuelven transaccionales por defecto. Todos quieren algo de ti. Nadie te contradice genuinamente. Vives en una burbuja donde la palabra “no” desaparece del vocabulario ajeno. Esto genera una paradoja devastadora: mientras más poderoso eres, más hambriento estás de algo que se sienta “real”. Epstein lo entendió. Ofrecía la ilusión de intimidad sin consecuencias, de transgresión sin juicio, de un espacio donde el peso del cargo se diluía. Su mansión en Manhattan no era un prostíbulo de lujo; era un teatro psicológico donde los poderosos podían jugar a ser humanos otra vez, aunque fuera en su versión más depravada.
Existe también un narcisismo que domina las salas de juntas y los pasillos del Congreso: el narcisismo de alta funcionalidad. Estas personas han sido validadas toda su vida por su excepcionalidad. Construyeron imperios, ganaron elecciones, revolucionaron industrias. El mundo les ha dicho, consistentemente, que son especiales. Y cuando te han convencido de ello, es muy fácil creer que las reglas son para los demás, no para ti. La compartimentalización moral se vuelve un superpoder: puedes defender causas nobles en público mientras cometes atrocidades en privado sin experimentar disonancia cognitiva.
Pero Epstein era un ingeniero del comportamiento humano. Su método era gradual: primero, conversaciones fascinantes sobre ciencia, filantropía, política, economía, conexiones con Harvard y el MIT. Luego, fiestas elegantes, networking de alto nivel, todo perfectamente legítimo. Después, casi sin que te dieras cuenta, una línea se desdibujaba. Para cuando cruzabas la línea definitiva, ya era tarde. El miedo y la vergüenza se convertían en cadenas más fuertes que cualquier contrato.
Cuando has conquistado todo lo “legítimo” que la sociedad ofrece, ¿qué te queda? Epstein comerciaba con lo único que quedaba: la transgresión como novedad. Para ciertos cerebros adictos al riesgo, ofrecer lo prohibido es ofrecer la última droga disponible. No se trata realmente de sexo; se trata de probar que aún eres capaz de algo que otros no se atreverían.
Aquí viene la parte incómoda: Epstein no creó monstruos. Los identificó. Fabricamos individuos con recursos casi ilimitados, pero con desarrollo moral estancado en la adolescencia. Les damos accesos masivos sin exigir madurez emocional proporcional. Celebramos su éxito sin preguntarnos qué tuvieron que sacrificar internamente para llegar ahí. Y luego nos sorprendemos cuando actúan como sociópatas funcionales.
El sistema que permite que emerjan los Epstein es el mismo que permite que emerjan sus clientes. Si mañana apareciera otro —y seamos honestos, probablemente ya existe— ¿caerían los mismos tipos de personas? Mientras sigamos construyendo élites aisladas de la realidad cotidiana, mientras sigamos validando el éxito sin importar el costo humano, seguiremos produciendo depredadores y sus presas voluntarias.
Epstein era un monstruo que entendió perfectamente a su presa: hombres poderosos con huecos del tamaño de catedrales donde debía estar su brújula moral. Y eso, quizá, es lo más aterrador de todo.
