Humanismo

Lo más doloroso es que el mundo lo sabe. Lo ve. Lo documenta. La ONU advierte. Los cancilleres condenan. Las cámaras graban. Pero las bombas siguen cayendo.

Hay un lugar en el mundo donde las bombas y los drones israelitas asesinan a mujeres, ancianos y niños palestinos, consecuencia de los actos del grupo terrorista Hamás. Ese lugar se llama Gaza, y lleva más de 680 días ardiendo. Cada día que pasa, la catástrofe se agudiza: más de 61 mil personas han muerto, al menos 18 mil niños. Y no hay una sola zona segura.

En los centros de ayuda humanitaria, los muertos también se apilan. Las fuerzas de ocupación han bombardeado camiones de alimentos, filas de personas hambrientas, hospitales destruidos. En Gaza, utilizar el hambre es un crimen de guerra, lo ha dicho la ONU y lo confirman las cifras: Un tercio de los niños en Gaza sufre desnutrición y no sobrevivirán, y más de un millón de mujeres y niñas están en riesgo de sufrir hambre masiva. Desde mayo, casi dos mil palestinos han sido asesinados cuando intentaban acceder a ayuda.

Y mientras esto ocurre, en Israel una parte de la sociedad aplaude o ignora. Según encuestas recientes, 47% niega que exista una hambruna y apenas 20% de los ciudadanos judíos-israelíes muestran alguna preocupación por la crisis humanitaria. Lo más escalofriante es que muchos lo justifican. Una grabación filtrada del exjefe de Inteligencia Militar, Aharon Haliva, lo expresa con brutal claridad: “Ya hay 50 mil muertos, pero eso es necesario. Necesitan una Nakba (catástrofe) de vez en cuando… No importa si son niños”.

Mientras Gaza se desangra, la expansión colonial se acelera. Israel acaba de aprobar la construcción de más de 3,400 viviendas en el proyecto E1, un plan diseñado para aislar Jerusalén Este del resto de Cisjordania, destruir toda continuidad territorial y sepultar la idea misma de un Estado Palestino. Lo dijo sin rodeos el ministro Bezalel Smotrich: “Este proyecto enterrará la idea de un Estado Palestino”. Es la ocupación como política de Estado, respaldada por alianzas diplomáticas, financiamiento internacional y una narrativa que criminaliza a quien resiste el despojo. Este proyecto constituye un crimen de guerra según el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional.

El mapa del horror se extiende. En Jenín, Tulkarem y Nur Shams, los campos de refugiados han sido demolidos casi por completo. Más de dos mil viviendas destruidas, miles más inhabitables. También las iglesias han sido atacadas. El Patriarcado Ortodoxo de Jerusalén tiene sus cuentas bancarias congeladas. Sus propiedades, invadidas por colonos. Ni la fe se salva del proyecto de borrar toda identidad palestina, sea musulmana o cristiana.

Lo más doloroso es que el mundo lo sabe. Lo ve. Lo documenta. La ONU advierte. Los cancilleres condenan. Las cámaras graban. Pero las bombas siguen cayendo. Las familias siguen buscando a sus hijos bajo los escombros. Las ambulancias no tienen gasolina. Los periodistas mueren haciendo su trabajo. El pan falta. El agua escasea. El fuego no se apaga.

Palestina ha dicho que está lista para gobernar Gaza con una sola ley, un solo sistema político, un solo cuerpo legítimo. Pero mientras tanto, su pueblo resiste con lo que tiene: memoria, dignidad, y el amor por una tierra que no se rinde.

Gaza no necesita nuestra compasión vacía. Necesita justicia. Y la justicia empieza por llamar a las cosas por su nombre. Lo que ocurre en Palestina no es un “conflicto” ni una “guerra”. Es un sistema de despojo y exterminio con el pretexto de perseguir a los terroristas de Hamás. Y si el mundo no actúa, será recordado por su silencio. Por mirar hacia otro lado cuando un pueblo entero es devorado por el hambre, el fuego y el olvido.

Hoy, más que nunca, defender al pueblo palestino es defender a la humanidad, dando cumplimiento a la normativa del derecho Internacional, a los acuerdos y veredictos de las Instituciones, que de ellas emanan. Sólo así, evitaremos que se normalicen políticas de poder y arrogancia en el mundo. ¿O no, estimado lector?

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