El hambre lastima, enferma y mata a quienes la viven. Cuando se prolonga, debilita el organismo; en la infancia compromete el crecimiento y el aprendizaje. Alimentarse es un derecho humano, pero millones de personas carecen de los medios para ejercerlo. Las guerras, los desastres y la pobreza convierten la alimentación en una lucha cotidiana por sobrevivir.
Las cifras exigen precisión. El Informe Mundial sobre las Crisis Alimentarias 2026, de una alianza que incluye a la FAO y al Programa Mundial de Alimentos (PMA), registró 266 millones de personas con inseguridad alimentaria aguda en 47 países y territorios durante 2025. De ellas, 1.4 millones enfrentaban hambre catastrófica.
No toda hambre es hambruna: esta última describe una situación extrema que exige criterios técnicos de privación alimentaria, desnutrición y mortalidad, cuando se habla de cientos de millones de personas que padecen el hambre, no se hace referencia a quienes ocasionalmente tienen apetito, sino a quienes sufren una insuficiencia alimentaria crónica. Existen distintas causas que la originan.
La primera es la guerra. Según el PMA, 70% de quienes sufren hambre aguda viven en países frágiles o afectados por conflictos. La violencia destruye cultivos, desplaza agricultores, arruina carreteras, bloquea mercados y ayuda humanitaria. En 2025 se confirmó hambruna en la gobernación de Gaza y partes de Sudán. Negar alimentos a civiles convierte su supervivencia en rehén del conflicto.
Oriente Medio agravó el riesgo mundial. En marzo de 2026, el PMA calculó que casi 45 millones de personas adicionales podrían caer en hambre aguda si el conflicto continuaba hasta mediados de año y el petróleo permanecía por encima de cien dólares por barril. Era una proyección condicionada, no un saldo confirmado. Combustibles y fertilizantes caros pueden llevar el hambre mucho más allá del frente de batalla.
La segunda causa son los extremos climáticos. Sequías, inundaciones y calor intenso dañan cosechas, ganado y reservas de agua. En junio, la FAO y el PMA advirtieron que un episodio previsto de El Niño podría agravar las crisis alimentarias mediante lluvias irregulares, sequías e inundaciones. Una familia que pierde su cosecha también pierde ingresos y semillas.
La tercera es el recorte a los programas de ayuda humanitaria. Ambas agencias señalaron que el financiamiento para asistencia alimentaria, agricultura de emergencia y nutrición en crisis cayó 59% entre 2022 y 2025. Menos recursos significan menos cobertura y tratamientos. Reformar y exigir resultados a los organismos internacionales es necesario; debilitarlos financieramente reduce su capacidad para salvar vidas.
La cuarta es la fragilidad de las cadenas de suministro y del ingreso familiar. El cierre de rutas y el encarecimiento del transporte elevan los precios. Puede haber comida en los mercados y hambre en los hogares: quien perdió su empleo o no puede comprar alimentos queda excluido. Sin semillas, fertilizantes y acceso a mercados, los pequeños productores también pierden su sustento.
La quinta es el desplazamiento forzado. Huir implica abandonar tierras, herramientas, redes de apoyo y trabajo. El informe mundial contabilizó más de 85 millones de personas desplazadas por la fuerza en contextos de crisis alimentaria durante 2025. La sexta es la insuficiente inversión para recuperarse: hacen falta financiamiento rural accesible, riego, infraestructura y protección social que permitan reconstruir medios de vida.
Resolver el hambre exige acuerdos que se cumplan: proteger civiles, garantizar acceso humanitario, financiar la asistencia y apoyar la producción local. La cooperación multilateral debe traducirse en alimentos disponibles y asequibles. Ninguna prioridad política justifica abandonar a quienes no pueden comer. La paz también se mide en la mesa: en que nadie tenga que elegir quién de su familia comerá hoy. ¿O no, estimado lector?
