Atrocidades

Vivimos tiempos convulsos. El mundo parece avanzar, pero al mismo tiempo repite sus errores con una inquietante precisión. Conflictos armados que responden más a decisiones unilaterales, a egos desbordados o a intereses de poder que, a verdaderas necesidades de los pueblos, nos obligan al revisionismo histórico para encontrar respuestas que hoy parecen extraviadas.

En este contexto, la figura de Benito Juárez sigue vigente de manera extraordinaria. 

No sólo como personaje histórico, sino como referente ético y político. Juárez fue, como bien lo recordó la presidenta Claudia Sheimbaun en su natalicio 220, un hombre que surgió desde lo más humilde: de origen indígena, formado a través del estudio y el esfuerzo, hasta convertirse en abogado, servidor público y, finalmente, presidente de México. Su trayectoria no fue producto del privilegio, sino del mérito, la disciplina y una profunda convicción en la justicia.

Gobernó uno de los momentos más complejos de la historia nacional. México transitaba de un modelo centralista a uno federalista con la Constitución de 1857, enfrentando resistencias internas profundas. Las Leyes de Reforma no sólo representaron un cambio jurídico, sino además una transformación estructural del país: la separación entre Iglesia y Estado, la eliminación de privilegios al clero y al Ejército, y la construcción de instituciones públicas como el Registro Civil.

Pero más allá de las reformas, Juárez enfrentó guerras, invasiones y persecuciones. Gobernó en la adversidad, en la itinerancia, con un país fragmentado y bajo amenaza constante. Y, sin embargo, nunca abandonó el principio fundamental de la defensa de la soberanía nacional de Mexico, que lo convirtió en un referente universal. La frase celebre que lo inmortalizó: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. 

Hoy, en pleno siglo XXI, este aforismo adquiere una vigencia dolorosamente evidente. los conflictos y tensiones en diversas regiones del mundo y la constante disputa por la hegemonía económica y político-militar nos muestran que seguimos atrapados en las mismas dicotomías: liberales contra conservadores, poder contra justicia, ambición contra equilibrio.

No es casual que, incluso en medio de la guerra entre Rusia y Ucrania surja la intención de honrar a Juárez con la propuesta de erigir su estatua en Kiev, no es sólo un gesto simbólico, sino un reconocimiento a la universalidad de su pensamiento para recordarle a los poderosos el cese de sus hostilidades y liberar de las atrocidades a pueblos y naciones. Por ello Juárez no pertenece únicamente a México; pertenece a la historia de la civilización misma.

Nos recuerda que el poder debe ejercerse con límites, que las leyes deben estar al servicio de la sociedad y no de intereses grupales, y que la paz no es una aspiración ingenua, sino una construcción que exige respeto, responsabilidad y visión de Estado.

Resulta inaceptable que las decisiones de unos cuantos definan el destino, de los miles de millones de personas que habitamos el planeta y que las guerras sigan siendo una herramienta política de sometimiento que enriquece a un selecto club de empresarios inmensamente ricos.

Por eso, volver a Juárez no es un ejercicio de nostalgia, sino de conciencia.

Es entender que la historia ya nos mostró el camino, que existen referentes que lograron transformar su realidad desde la legalidad, la institucionalidad y la firmeza ética. Y que, si no aprendemos de ellos, estamos condenados a repetir los mismos errores, pero con consecuencias cada vez más devastadoras.

Hoy más que nunca, el mundo necesita menos líderes movidos por la vanidad y más estadistas con visión de justicia.

Y quizá, sólo quizá, si logramos entenderlo en su verdadera dimensión, podamos aspirar a un mundo donde la paz deje de ser un discurso y se convierta en una realidad. ¿O no, estimado lector?