Amenaza global
Una crisis climática puede detonar una crisis social, que a su vez alimenta tensiones políticas y conflictos armados
El mundo avanza en múltiples direcciones al mismo tiempo, pero no siempre bien hacia el futuro. Mientras los líderes globales concentran su atención en disputas geopolíticas —Ucrania, Venezuela, Groenlandia, territorios en tensión permanente—, una amenaza silenciosa, profunda y transversal avanza sin fronteras ni banderas. No es una guerra tradicional ni una crisis económica aislada. Es una suma de riesgos interconectados que comprometen la estabilidad del planeta entero.
Los fenómenos ambientales son la señal más visible. El cambio climático ya no es una hipótesis científica, es una realidad cotidiana. Olas de calor extremo, sequías prolongadas, incendios forestales, huracanes más intensos y ahora, paradójicamente, episodios de frío severo en regiones del mundo que no estaban preparados para ello. Europa lo vive hoy: París registra temperaturas cercanas a un grado; Países Bajos, en cero. El invierno avanza con una crudeza que recuerda episodios históricos, como el congelamiento del continente europeo en el siglo XVI, cuando 600 mil personas murieron por la incapacidad de adaptarse a un clima súbitamente hostil. En 1709, el río Támesis y el mar Báltico se congelaron por completo. (Mónaco Life). La ola de frío europea de 2012 cubrió la costa mediterránea con una profunda capa de nieve en enero, con 40 cm en Córcega.
Detrás de estos fenómenos se encuentra un sistema climático delicado y poco conocido por la opinión pública: la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico (AMOC). Esta gran corriente oceánica transporta calor y sal, regulando el clima del planeta. Estudios recientes advierten que su ralentización, causada por el calentamiento global y el ingreso masivo de agua dulce producto del deshielo polar, podría desencadenar un colapso con consecuencias catastróficas: enfriamientos extremos en Europa, alteraciones severas en las lluvias tropicales, impactos directos sobre la seguridad alimentaria y el riesgo de colapsos ecológicos tan graves como la desaparición progresiva de la Amazonía.
Pero la amenaza global no es sólo ambiental. Los riesgos socioeconómicos avanzan en paralelo: crisis de recursos naturales, inseguridad alimentaria, desigualdad creciente, polarización social y una ciberseguridad cada vez más frágil. Las sociedades hiperconectadas dependen de infraestructuras digitales vulnerables, mientras la desinformación erosiona la confianza pública y debilita la cohesión social. A esto se suma el uso irresponsable de tecnologías emergentes, incluida la inteligencia artificial, que sin marcos éticos claros puede amplificar conflictos, manipular narrativas y profundizar brechas.
En el plano geopolítico, el panorama no es menos inquietante. Conflictos armados activos, amenazas nucleares latentes y un progresivo debilitamiento del derecho internacional ponen en riesgo décadas de avances multilaterales. Los organismos creados para conciliar, dialogar y prevenir conflictos son ignorados o desacreditados, justo cuando más se necesitan. La historia ha demostrado que los retrocesos en cooperación global siempre se pagan con crisis más profundas.
Lo verdaderamente preocupante no es cada riesgo por separado, sino su efecto acumulativo. Vivimos una era de colapsos interconectados, donde una crisis climática puede detonar una crisis social, que a su vez alimenta tensiones políticas y conflictos armados. Ninguna nación puede enfrentar esto sola. Ningún interés geopolítico justifica la inacción colectiva.
No se trata de ser alarmistas, sino responsables. La ciencia ha hablado con claridad. Los datos están sobre la mesa. La pregunta no es si las amenazas existen, sino si la humanidad será capaz de actuar de manera coordinada antes de que los puntos de no retorno se crucen definitivamente. Avanzar, nunca retroceder, es la tarea con urgencia civilizatoria, ¿o no, estimado lector?
