“Paren el mundo que me quiero bajar”
La célebre frase de Joaquín Salvador Lavado Tejón –Quino–, puesta en boca de Mafalda, parece resonar hoy con más fuerza que nunca. No porque vivamos la peor época de la historia –otras han sido más sangrientas o más oscuras–, sino porque habitamos una era de ...
La célebre frase de Joaquín Salvador Lavado Tejón –Quino–, puesta en boca de Mafalda, parece resonar hoy con más fuerza que nunca. No porque vivamos la peor época de la historia –otras han sido más sangrientas o más oscuras–, sino porque habitamos una era de vértigo informativo: el drama global se transmite en tiempo real, sin tregua. Gaza, Ucrania, el Sahel, el Mar Rojo... los conflictos ya no se cuentan por zonas, sino por pantallas.
El mundo enfrenta crisis múltiples y simultáneas, diversas en sus causas, pero compartidas por su impacto humano devastador: desplazamientos masivos, crisis humanitarias, desgastes estatales y tensiones geopolíticas que amenazan con escalar en cualquier momento.
En las Américas la paz también se muestra frágil. En Haití, la violencia de las pandillas ha desplazado a miles de familias y ha forzado al gobierno a decretar un estado de emergencia. En Colombia asesinan al candidato presidencial Miguel Uribe y se reaviva la discusión sobre la presencia de cárteles y, en Ecuador, los enfrentamientos entre disidencias armadas y fuerzas estatales siguen activos. En El Salvador, la reciente aprobación de la reelección indefinida abre la puerta a la concentración de poder, en un país ya marcado por el autoritarismo. Y, en casi toda la región, la violencia cotidiana no siempre lleva uniforme: se llama desigualdad, falta de oportunidades, y recae con más dureza sobre los jóvenes, los pueblos indígenas y los sectores más desprotegidos del campo y las ciudades.
Mientras tanto, en nuestro país, la atención gira hacia el norte. Se aguarda con expectativa –y cautela– cómo responderán la presidenta Claudia Sheinbaum, el canciller Juan Ramón de la Fuente y el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, a las reiteradas decisiones unilaterales de Estados Unidos. Una reacción visceral o refleja podría desatar una guerra comercial con graves consecuencias. Basta mirar a la Unión Europea, donde muchos analistas consideran que los 27 países miembros claudicaron al aceptar aranceles de 15% sin obtener nada a cambio.
El mundo de hoy nos lanza una avalancha diaria de realidades: desigualdad, consumismo, nuevas enfermedades, regresión de derechos, violencia, hambre, cambio climático. Aunque existen avances que deberían inspirar esperanza –como la inteligencia artificial aplicada con responsabilidad, las vacunas de nueva generación, la edición genética, la exploración del universo o la tecnología Lidar, que impulsará nuevas hazañas arqueológicas–, estos logros científicos todavía no logran inclinar la balanza a favor de la humanidad.
Quizá el mayor descubrimiento pendiente no está en los laboratorios, sino en la conciencia colectiva. Urge que los científicos inventen de una vez la píldora del sentido común… y que se prescriba en dosis altas a quienes hoy tienen en sus manos el timón del mundo.
Recuperan el espíritu de los Acuerdos de San Andrés
En Chiapas, el gobernador Eduardo Ramírez recupera el espíritu de los Acuerdos de San Andrés, que surgieron de la rebeldía de los pueblos indígenas que habitan en las cañadas y montañas del sur de México.
El pasado sábado se conmemoró el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, instituido por la ONU. En Chiapas, no fue casualidad que el gobernador Eduardo Ramírez eligiera visitar el municipio de San Andrés Larráinzar, lugar emblemático donde, en 1996, se firmaron los Acuerdos de San Andrés entre el gobierno federal y el EZLN. También suscribimos integrantes de la Comisión Nacional de Intermediación del obispo don Samuel Ruiz (Conai) y de la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa).
Durante su visita, el gobernador afirmó que gobierna obedeciendo y no mandando, y reiteró su respeto y compromiso con la construcción de la paz en el estado. En su mensaje hizo un repaso histórico de la lucha de los pueblos originarios en distintas etapas, entre ellas el levantamiento zapatista, reconociendo su papel en la transformación social y política de Chiapas.
Eduardo Ramírez recupera el espíritu de lo ocurrido hace casi tres décadas. Como ha señalado el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, el Estado mexicano aún arrastra una deuda histórica con los pueblos y comunidades indígenas, derivada del incumplimiento de aquellos compromisos.
Los Acuerdos de San Andrés representaron un hito en la discusión nacional sobre el Estado de derecho. Pusieron sobre la mesa la necesidad de reconocer constitucional y legalmente los derechos de los pueblos indígenas, así como de valorar la riqueza de la diversidad étnica y cultural del país.
A casi 30 años de aquella firma, es momento de que el Congreso de la Unión concluya la tarea pendiente. Es hora de honrar el llamado que, desde lo más profundo de las cañadas y montañas chiapanecas, hicieron pueblos que alzaron su voz con rebeldía, resistencia y sabiduría ancestral.
