La vaga ambición
La ficción me parece algo muy extraño. Puede alimentarse de cosas reales que nos pasan en la vida diaria, pero otras veces no. La ficción sale de las entrañas del autor sin saber de dónde viene. Tal vez lo mejor es que no sepa de qué lugar recóndito sale tanta ...
La ficción me parece algo muy extraño. Puede alimentarse de cosas reales que nos pasan en la vida diaria, pero otras veces no. La ficción sale de las entrañas del autor sin saber de dónde viene. Tal vez lo mejor es que no sepa de qué lugar recóndito sale tanta palabra ni hacia dónde se dirige, para que un texto tenga fuerza y esté vivo.
Cuando alguien gana un premio de literatura hay quienes dicen que el escritor lo hizo con ese fin, sabiendo los trucos de lo que a los jueces les gusta, lo que el público espera. Lo dicen de las canciones también, de aquellos hits que no dejan de sonar, aunque pasen muchos años, y que la gente sigue cantando.
Es más fácil ver una obra ya terminada y deconstruirla para ver de qué está hecha y pensar que, de esa manera, sabremos hacer otra. Los que piensan y dicen que hay fórmulas para el éxito ni se ponen a escribir un cuento ni una novela ni una canción, sólo les gusta decir que es muy fácil.
La verdad es que escribir es de necios, de rencorosos, de amargados y de inconformes. Al escritor no le gusta la realidad que lo rodea y por eso la transforma. La destruye, a su manera, con palabras.
Los escritores tienen una forma de ser muy especial, son raros, dignos de ser retratados en historias, cuentos y novelas. Como si de un círculo infinito se tratara: el escritor escribiendo sobre la necesidad de escribir de un escritor de ficción.
De eso trata La vaga ambición (Páginas de espuma, 2017), del jalisciense Antonio Ortuño, que ganó el premio Ribera del Duero. Este galardón se entrega cada dos años a colecciones de cuentos que cientos de escritores mandan para lograr ganar 53 mil dólares y la publicación de su obra, además del prestigio que da llevarse el premio.
Se lo ha ganado ya Javier Sáez de Ibarra, Marcos Giralt Torrente, Guadalupe Nettel, Samanta Schweblin y ahora Antonio Ortuño.
La vaga ambición reúne seis cuentos que tienen el mismo tema: la naturaleza de la escritura. El personaje de la mayoría de los cuentos es Arturo Murray —¿álter ego de Ortuño?, seguramente. La contraportada del libro dice que es una autoficción, ¿no? Aunque yo no metería la mano al fuego, porque todo podría ser una fantasía, los escritores —dicen— son unos mentirosos, por eso son escritores.
Dos de los cuentos narran episodios terribles de la infancia de Arturo Murray. En uno de ellos, el primero del libro, un personaje, una niña de 13 años, le pide al escritor que cuente la terrible experiencia que acaban de vivir: “Escribe esto un día. Un libro. Que lo lean. Que arranquen las hojas. Y se las traguen”. Escribir es una forma de tomar venganza.
Otro de los cuentos trata de una gira de promoción de Arturo Murray, en la que los periodistas que lo entrevistan no han leído su libro; en donde su público, en una presentación literaria, son niños a los que sólo les interesa el futbol o ancianos que se resguardan del fuerte sol que hace allá afuera.
Todo es tan ridículo que uno se pregunta, ¿para qué escribe un escritor si le pasa todo eso? ¿Qué necesidad? Pero al mismo tiempo ese mismo cuento nos habla de la muerte de la madre del narrador. Y mientras un párrafo te da risa al leerlo, el siguiente te hace llorar. La madre enferma de Arturo Murray, ¿Antonio Ortuño?, le dice que escribir es “la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo”.
Escribir también es una forma de mostrar nuestro amor a los que ya se fueron. Antonio Ortuño dice que escribe siempre por el mismo motivo: la fascinación de construir algo que no se derrumbe. Este libro no se derrumba, los seis relatos están muy bien construidos, tan bien hechos que parece muy fácil. Yo sé que no lo es. Eso sólo se logra escribiendo, escribiendo y escribiendo. Hay que ser un necio. Ah, y también un mentiroso.
Felicidades, Antonio Ortuño, por tan merecido premio.
