Momento decisivo
Todas las promesas de campaña, los más de 59 millones de spots difundidos, la descomunal publicidad y propaganda, lo escrito y lo dicho en torno al prolongado proceso electoral, todo ello culminará al momento de emitir nuestro veredicto pasado mañana, 1º de julio, respaldando al candidato que consideramos mejor calificado para conducir el destino de México, oficialmente por el próximo sexenio, pero cuyos efectos podrían extenderse por décadas
Se estima una asistencia a las urnas del 70% del padrón electoral de 88 millones de ciudadanos, es decir, 61.6 millones de sufragios. Considerando que el candidato presidencial triunfador alcance 40% de la votación, habrá sido electo por 24.6 millones de ciudadanos, lo cual significa que aproximadamente 20% de la población del país elegirá al próximo Presidente de la República. Acudir a votar, más que un derecho es una obligación. El derecho de crítica se adquiere cumpliendo con la elemental acción de votar. El planteamiento debe ser inverso: nadie tiene derecho a no votar.
El resultado de la presente elección, de acuerdo con las distintas encuestas, favorece a Andrés Manuel López Obrador; posiblemente, la suma de votos del segundo y tercer lugar alcanzaría o hasta rebasaría a AMLO, sin embargo, Meade y Anaya se enfrentaron en fratricida lucha, impulsando al candidato puntero. Cuán sorprendente resultaría el triunfo de un candidato presidencial sin haber encabezado una sola encuesta. En esta tercera intención presidencial de López Obrador se conjugan una serie de factores operando a su favor; a la equívoca estrategia de sus adversarios de campaña, se agrega el hartazgo a la corrupción, a la inseguridad, a las injusticias que polarizan a los pocos que tienen y pueden con los muchos que quieren y no pueden. Es así como AMLO cerró su campaña en el Estadio Azteca, ante 80 mil asistentes, ofreciendo música para los oídos de una sociedad frustrada, convocada a participar en una cuarta transformación nacional —luego de la Independencia, las leyes de Reforma y la Revolución— que arrancará privilegios de un régimen autoritario y corrupto, de manera ordenada, pacífica, sin violencia y radical, implantando un gobierno austero, sin lujos ni privilegios. López Obrador, autoerigido vocero del pueblo, de la gente, ha incorporado a sus representados en contra de la mafia del poder, asegurando que terminará con la corrupción predicando con el ejemplo, rebajando a la mitad su sueldo y el de los demás funcionarios, contrayendo la deuda pública sin subir impuestos, vendiendo la flota aérea, sin vivir en los Pinos ni requerir la asistencia del Estado Mayor Presidencial, terminando con el uso faccioso del presupuesto a favor de candidatos y partidos, acabando con el influyentísimo, cancelando la mal llamada Reforma Educativa, eliminando el Cisen, respetando las ideas y la crítica, nombrando a un fiscal General, capaz, honesto e incorruptible, con posibilidad de juzgar al Presidente por corrupción y sometiéndose a la revocación de mandato. Habrá becas, pensiones para adultos mayores, acceso a medicamentos gratuitos, echando atrás el decreto de privatización del agua, creando una Constitución moral, “No sólo de pan vive el hombre… Tengo una ambición legítima, quiero ser un buen Presidente de México”.
Si la ciencia económica y las matemáticas no estuvieran reñidas con las buenas intenciones, la panacea ofrecida por AMLO implicaría un borrón y cuenta nueva al México de la corrupción, la violencia y la injusticia. Qué argumentos esgrimirá López Obrador cuando al paso del tiempo no se hayan concretado promesas tales como erradicar la corrupción, existan fondos insuficientes para cubrir pensiones, becas y obras de infraestructura tales como nuevas refinerías, se imposibilite la descentralización de las secretarías de Estado, la implementación armoniosa de una nueva Reforma Educativa, la reconfiguración y cancelación de contratos y compromisos contraídos en relación con la Reforma Energética y al Nuevo Aeropuerto Internacional de la CDMX, o algo tan simple como el traslado aéreo del Ejecutivo y acompañantes en aviones comerciales, sin la custodia del Estado Mayor Presidencial.
Quién lo dijera, AMLO anticipa que sus adversarios de hoy no serán sus enemigos de mañana, que no ejercerá venganza ni represalias contra el actual gobierno, que está empeñado en construir una democracia, no una dictadura. En tanto, el discurso de Ricardo Anaya se ha endurecido, anticipando que de triunfar, crearía una fiscalía autónoma que investigue al presidente Enrique Peña Nieto. Ricardo Anaya cerró campaña pidiendo no dejarse engañar por encuestas falsas patrocinadas desde el gobierno, apelando a ejercer el voto —ahora sí— útil. José Antonio Meade cerró campaña pidiendo el voto reflexivo, ofreciendo soluciones verdaderas, coherentes, posibles y sensatas, enfrentando a los criminales hasta recuperar un México en tranquilidad.
Votemos todos, cumplamos con nuestro México y con nosotros mismos.
Analista
