Espías de la guerra tibia
Una virtual cortina de hierro separó física e ideológicamente al capitalismo del comunismo, representados por Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas —URSS—, en época de la llamada Guerra Fría, desde las tensiones de la posguerra en 1945 hasta la caída del Muro de Berlín en 1989
Las historias de espionaje y contraespionaje, reales, exageradas y ficticias, ocuparon incontables páginas periodísticas, alimentaron la imaginación de novelistas mostrando a personas comunes –previos a James Bond– guardianes de su doble identidad, servidores de gobiernos de ideología contraria a su hábitat, celosos custodios de su camuflado equipo transmisor.
El triunfo presidencial de Donald Trump acarreó la presunción de haber sido favorecido por la injerencia de Rusia. El Washington Post, inicialmente, reveló la presencia rusa, consistente según la CIA, en hackear correos del partido demócrata y del republicano, para luego filtrar a WiKileaks, exclusivamente, el elegido material relativo a Hillary Clinton. En las postrimerías de su mandato, Barack Obama impuso sanciones a Rusia, resaltando la expulsión de 35 diplomáticos rusos. Vladimir Putin reaccionó expulsando a 755 diplomáticos estadunidenses asignados en Rusia, para así quedar igualadas ambas potencias con 455 diplomáticos por bando.
El Departamento de Estado de EU respondió ordenando, en agosto de 2017, el cierre del consulado ruso en San Francisco, Calif, y otras oficinas en Washington y Nueva York.
Dimisiones, destituciones, renuncias y abandonos se han sucedido en la Casa Blanca de Trump por el
Rusiagte, desde el asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, hasta el abogado defensor principal de Trump en el Rusiagate, John Doud: “Trump estaba ignorando mis consejos”.
El Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, uno de los cuatro que investigan el Rusiagate, culminó abruptamente sus actividades considerando no haber encontrado evidencias de colusión entre la campaña de Trump y Rusia. Los otros tres Comités continúan su labor, sin embargo, hemos de enfocar nuestra atención en Robert Müeller, fiscal especial que investiga la participación rusa en la elección estadunidense de 2016, quien ya ha imputado al exjefe de campaña de Trump, Paul Manafort, y a su socio, Rick Gates, con 12 cargos, entre los cuales destaca el conspirar contra Estados Unidos. George Papadopoulos, exasesor presidencial, se declaró culpable de mentir a los investigadores del FBI. El pasado mes de febrero fueron inculpados 19 rusos y 5 entidades rusas por intervenir en un complot denominado Proyecto Lakhta, cuyo objetivo consistía en sembrar discordia en el sistema político estadunidense, primordialmente en las elecciones de 2016. De confirmar el fiscal Müeller el involucramiento ruso en dichos comicios, Trump no se escapará del impeachment —juicio político de destitución—.
En marzo pasado, el secretario de Asuntos Exteriores del Reino Unido, Boris Johnson, atribuyó a Vladimir Putin haber ordenado envenenar al espía ruso Sergei Skripal y a su hija Yulia en las calles de la ciudad inglesa de Salisburry —se encuentran graves—, con la sustancia tóxica novichok, desarrollada por la extinta Unión Soviética. En reacción, la primera ministra, Theresa May, decidió expulsar del territorio del Reino Unido a 23 diplomáticos rusos y suspender contactos bilaterales con Moscú. En consecuencia, Rusia expulsó a 23 diplomáticos británicos, cerró un consulado del Reino Unido y cesó actividades del British Council.
Intriga el número de muertes accidentales, suicidios y paros cardiacos acaecidos a adversarios y críticos políticos de Putin. Por espacio insuficiente, concretamente, menciono el caso de la periodista Anna Politkovskaya, crítica informadora del gobierno ruso asesinada en 2006 en el ascensor de su propio edificio, y del exespía Alexander Litvinenko, quien adjudicó al presidente Putin dicho crimen y tres semanas después murió envenenado en Londres.
Posterior al intento de envenenamiento al espía ruso Sergei Skripal, el exdirectivo de la línea aérea rusa Aeroflot, Nikolai Glushkov, cercano al oligarca ruso Boris Berezovsky —enemigo de Putin encontrado ahorcado en 2013— , fue hallado estrangulado en su casa en Londres. Airado, el gobierno del Reino Unido ha determinado investigar la muerte de 14 individuos conectados con Rusia ocurridos en suelo británico en los últimos 15 años y que avisos de inteligencia de Estados Unidos advirtieron que podría tratarse de asesinatos ordenados desde Moscú. Cerrando filas en acción casi simultánea, Estados Unidos expulsó a 60 espías rusos, tanto de la embajada como de la ONU, Ucrania a 13, la OTAN a 10, República Checa, Moldavia y Lituania a 3, España, Australia, Holanda, Italia, Dinamarca y Albania a 2. En total, 26 países, 19 pertenecientes a la UE intervinieron en la expulsión masiva de espías rusos. Rusia, fiel a la ley del talión, expulsó a 60 diplomáticos de Estados Unidos y le cerró el consulado en San Petersburgo, buscando empatar el número de expulsados con cada país involucrado. El secretario general de la OTAN rechaza regresar a tiempos de hostilidades de la Guerra Fría contra Rusia, en tanto Putin fue abrumadamente reelecto para un cuarto periodo presidencial.
Hacia una posible Guerra Fría, atravesamos la imprudente zona de la Guerra Tibia.
