País que devalúa, se devalúa

Apenas desprendemos las primeras hojas del calendario de este azaroso año, cuando el índice de la Bolsa de Valores ha descendido casi 5% —40% desde diciembre de 2012—,el petróleo en caída libre ronda los 21 pesos por barril —con contradictorias versiones sobre el costo de producción— y nuestra moneda sobrepasa los 18 pesos por dólar.

Por propia responsabilidad o por causas externas, lo cierto es que estamos por alcanzar 40 años de la primera de una serie de devaluaciones que ha multiplicado nuestra moneda mil 464 veces su valor de entonces. Pronto el peso frente al dólar podría situarse en 20 unidades, al igual que a 20 dólares la cotización del barril de nuestro petróleo de exportación.

A lo largo del sinuoso recorrido devaluatorio hemos sido reconfortados por persuasivas voces hacendarias, explicando que las recurrentes crisis financieras nos afectan en menor grado que a otras naciones, gracias a nuestra política previsora y a la fortaleza de nuestras instituciones económicas. El discurso vigente apunta primordialmente a la desaceleración del crecimiento de China, estimado para el presente año en 6.5%, aunado al posible impacto devaluatorio del yuan, luego de haber abandonado su tipo de cambio prácticamente fijo. Adicionalmente, se prevé la continuidad alcista de las tasas de interés en Estados Unidos, todo ello, ligado a la persistente caída de los precios internacionales del petróleo.

Interpretación hacendaria de la situación económica actual: México ha logrado paliar el temporal de manera más efectiva que otras economías emergentes por su fortaleza macroeconómica, su diversificada economía y su mayor potencial de crecimiento, efecto de las aprobadas reformas estructurales. La responsable política monetaria impuesta por el autónomo Banco Central ha permitido controlar la inflación, situándola en índices históricamente bajos del 2.13% anual. Asimismo, se ejerce una política fiscal responsable con preventivos recortes presupuestales, manejo puntual de la deuda pública e implementación de un presupuesto base cero. La baja del precio del petróleo es enfrentada con cobertura cambiaria para 2016 a 49 dólares el barril —la actual nos cuesta mil 90 millones de dólares contra 773 millones de dólares en 2015—, al tiempo que las finanzas públicas tienden a depender menos del petróleo. Los referidos argumentos oficiales difícilmente pueden ser compartidos por el jefe de familia atenido a su limitado ingreso, que debe afrontar las constantes alzas de alimentos, vestimenta, colegiaturas y demás gastos colaterales, a pesar de la difundida baja en telefonía de larga distancia nacional, electricidad y gasolina. ¿Cómo convencer al industrial o al comerciante endeudado en dólares de que la devaluación nos hace los mandados? ¿No será que en parte la contenida inflación obedece a la imposibilidad de subir precios por falta de demanda y que, inevitablemente, en algún momento la devaluación del peso tendrá que verse reflejada en dichos precios?

La depreciación de divisas a nivel global se aceleró a partir de 2014, ante el freno de la política expansionista de EU, remarcada con la dramática caída de los precios del petróleo. Sin embargo, ya en 2010 el entonces ministro de finanzas de Brasil, Guido Mantega, utilizó el término guerra de divisas global, también llamada devaluación competitiva, la cual se genera por la competencia entre países con el objetivo de alcanzar un tipo de cambio relativamente bajo para sus propias monedas, a fin de hacer  más competitivas sus exportaciones, a la vez que fortalecen el mercado interno como consecuencia de mayor precio de las importaciones. Esta guerra de divisas global estallada en 2010 se transformó en una guerra comercial, en la cual las naciones afectadas han presionado mediante instrumentos políticos, incluyendo intervenciones gubernamentales directas, imposición de controles de capital e incluso utilizando la indirecta flexibilización cuantitativa, es decir, la compra de activos bancarios por parte de los Bancos Centrales para así aumentar la oferta de dinero, elevando el exceso de reservas del sistema bancario, generalmente mediante la compra de bonos del propio gobierno para estabilizar sus precios y reducir las tasas de interés a largo plazo.

 Aun así, es necesario considerar que toda devaluación es traumática, provoca indignación popular afectando la imagen gubernamental. Igualmente, una devaluación acarrea una reducción del nivel de vida ciudadano, mermando su poder adquisitivo, produciendo adicionalmente una presión inflacionaria, encareciendo los pagos de intereses en moneda extranjera, incluyendo la deuda externa nacional, además de desincentivar la inversión extranjera. Una moneda fuerte invariablemente es considerada como una marca de prestigio. Acomodando la famosa frase de un devaluado expresidente: “País que devalúa, se devalúa”.

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