Propio y extraño
Al más puro estilo decimonónico de cónclave romano, el pasado miércoles finalmente la casa presidencial echó humo blanco y se anunció a Manlio Fabio Beltrones como virtual presidente nacional del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional.
Por burdo que parezca, la renovación del PRI sólo dependía de una voluntad y fue la del presidente Enrique Peña Nieto, la cual, sin duda, no debe haber sido una decisión nada fácil, pero habla de la sensatez del Presidente de procurar lo que hoy más le conviene a su partido, que es intentar conservar el poder de cara a la sucesión presidencial de 2018.
El denominado “nuevo PRI” sólo ha sido una aspiración nunca consumada. A 85 años de su constitución como partido político, queda claro que sus decisiones internas no se rigen bajo prácticas democráticas ni tampoco han trabajado en generar una cantera de nuevos cuadros que les permita adquirir una imagen más vigente y cercana a la ciudadanía de estos tiempos. Basta escuchar el tono rancio y trillado de César Camacho Quiroz al anunciar la “candidatura de unidad” (antes dedazo), rememorando un discurso de Luis Echeverría en los años setenta.
Ese tufo a viejo del PRI será el primer reto que le corresponderá transformar a su próximo líder nacional. Da la casualidad que teniendo Beltrones una antigüedad de 35 años de militancia en su partido, ha contado con la capacidad de renovarse en formas políticas y de rodearse de un equipo conformado por jóvenes talentosos.
El otro gran reto será modificar la concepción electoral con la que el PRI históricamente se ha conducido, asumiendo que goza de una base de votos incondicionales, pues el comportamiento electoral de los últimos años advierte que los partidos deben renovar sus habilidades para captar al electorado, ya que éste es cada vez más cambiante y empoderado. Al respecto, hay que decir que el próximo líder nacional del PRI empieza bien su gestión, ya que, precisamente, ese fue el reto al que tuvo que enfrentarse en la reciente elección a gobernador de Sonora que, de facto, le tocó coordinar. El resultado está a la vista: más de 7% de distancia entre el primero y segundo lugar en favor del PRI, después de haber perdido el poder hace seis años.
Beltrones es, sin duda, el personaje político más idóneo que tiene el PRI para ese propósito. No sólo por la eficacia que ha demostrado en sus diversos cargos políticos, sino por su probada capacidad política para “domesticar” a la oposición y lograr los resultados esperados para el partido en el poder. No se olviden que su papel fue clave en las negociaciones para la aprobación de las “reformas estructurales”, producto de los acuerdos del Pacto por México.
Lo que ha distinguido al político sonorense para alcanzar ese reconocimiento de propios y extraños de la clase política, radica en una combinación virtuosa que consiste en una férrea disciplina partidista, acompañada de la sutileza y habilidad necesaria para negociar y conciliar intereses. Se trata de un mérito que varios de sus actuales correligionarios de oposición le reconocen, pues aun con la mayoría con la que contó el PRI en la actual legislatura, dichas reformas estructurales se alcanzaron gracias a la capacidad de tender puentes y tratar de atender, en lo posible, las inquietudes de las principales fuerzas políticas.
Ahora bien, los retos que le quedan al próximo presidente nacional del PRI, sin duda, no serán fáciles y las tensiones con los miembros del gobierno federal están a la vuelta de la esquina. La razón es un tanto obvia: para que el PRI pueda conservar el poder en la elección presidencial de 2018 tendrá que desarrollar una identidad distinta a la del actual gobierno, lo cual no gustará al círculo del presidente Peña, pero es una realidad tangible, producto de los índices de aceptación más recientes (hoy menor al 40% de aceptación).
En dicho contexto, no se observa un horizonte alentador al respecto, toda vez que en la medida en que el presidente Peña no asuma con decisión los puntos neurálgicos que han afectado fuertemente su imagen y credibilidad, paulatinamente se seguirá erosionando su imagen y gestión en el poder. No se olvide la célebre frase de Nicolás Maquiavelo: “todos los Estados bien gobernados y todos los príncipes inteligentes han tenido cuidado de no reducir a la nobleza a la desesperación, ni al pueblo al descontento”.
De ahí que el nombramiento de Beltrones al frente del PRI haya sido un acierto del primer mandatario. Ahora está por verse si también se asumirán con firmeza las decisiones correctivas que le devuelvan la imagen de un gobernante eficaz y responsable de la que gozó durante los dos primeros años de gobierno, lo cual implicaría desde tomar decisiones de cambio de rumbo en materia de gobernabilidad, economía y políticas sociales hasta cambios inminentes en su gabinete. De lo contrario, la factura completa la asumirá el propio Presidente y, a su vez, la endosaría de forma íntegra a su partido en el año 2018.
En los próximos dos años el reto de Beltrones al frente del PRI será de construir un partido que hoy apesta a naftalina, no sólo en imagen y presentación, sino en el fondo político que implica los procedimientos de toma de decisión y las capacidades para generar nuevos liderazgos. Pero, además, deberá contar con las habilidades y dotes de alquimia suficientes, que le permitan fungir como un elemento clave de apoyo al actual gobierno, sin que ello implique absorber los costos políticos del descontento ciudadano. En otras palabras, contar con un talento singular para hacerse sentir propio, teniendo a veces que ser un extraño.
