La ceguera
Al día siguiente de la jornada electoral 2015, era previsible que los partidos políticos vieran como sus principales enemigos a los candidatos independientes. La contundente victoria, tanto de Jaime Rodríguez El Bronco (49% de la votación), como próximo gobernador del estado de Nuevo León, así como el triunfo de independientes en, al menos, tres municipios del país y una diputación federal, ha sido un balde de agua fría para los partidos políticos y sus maquinarias; lo cual se explica por el reclamo social frente a la incapacidad de representar los intereses colectivos y canalizar las demandas ciudadanas.
En días pasados, diversos legisladores y dirigentes de partidos emprendieron una serie de ataques contra los candidatos independientes, con la intención de suprimir cualquier amenaza que, en el futuro, implique compartir los espacios de poder de esas rentables franquicias, llamadas partidos políticos. Se olvidan que fueron ellos mismos quienes dieron vida a esa posibilidad democrática y subestiman la capacidad colectiva que hemos desarrollado como sociedad para manifestar, por las vías institucionales, la insatisfacción que nos genera lo político.
Quienes se sienten amenazados, han pretendido construir un escándalo ficticio sobre el peligro que implica para la política los intereses que pueden llegar a existir detrás de las opciones independientes. No obstante, nada nos dice que la capacidad corruptora de agentes legales e ilegales vinculados con la política sólo pueda alcanzar a los independientes y no a quien ejerce la actividad a través de los partidos.
No se trata de un fenómeno privativo de quienes no detentan siglas partidarias que los respaldan. Se trata de un defecto del sistema electoral respecto el controles de acceso y rendición de cuentas de quien busca acceder al poder político. Existen casos de personajes que han sido sujetos a procesos penales, por corrupción o vínculos con la criminalidad, y han estado protegidos por el fuero y los favores de sus propios partidos. De hecho, han sido los partidos los primeros en mostrar resistencia a movimientos como la plataforma #3de3, diseñada por Transparencia Mexicana para que, voluntariamente, se adhirieran los candidatos en el pasado proceso electoral. También han sido férreos opositores para discutir la eliminación de la figura del fuero constitucional o la simplificación del juicio de procedencia. Tampoco han tomado con seriedad las iniciativas formuladas para investigar preventivamente a aquellos ciudadanos que busquen acceder a cargos de elección popular.
Adicionalmente a la intención de sembrar el sospechosismo, ahora alegan que se deberá revisar que los independientes no trastoquen las condiciones de equidad. Debemos decir que el legislador federal reguló las candidaturas independientes con la premisa de dificultar las intenciones de competir desde fuera de los partidos por un cargo de elección popular. Eso se constata con el alto umbral establecido para obtener el registro como candidato independiente por parte del INE (por ejemplo, para la Presidencia hoy se requerirían por lo menos 850 mil firmas válidas). Asimismo, la nueva ley electoral está plagada de medidas y restricciones que evidencian la intención de acotar su financiamiento, fiscalización, acceso a radio y televisión, etcétera. Probablemente, todo lo anterior tiene razón de ser ante la posibilidad de que las candidaturas independiente se vuelvan una probabilidad atractiva para que los poderes fácticos (legales o ilegales) se inmiscuyan en la integración de los poderes públicos. Lo que resulta paradójico es que los partidos políticos (particularmente el PRI–PVEM) admitan que en la integración del Congreso federal existe lo que se denomina una “Telebancada”, que corresponde a negociaciones entre dichos partidos y el duopolio televisivo Televisa-TV Azteca. En otras palabras: se trata de candidatos que llegan sin mayor problema —y méritos— a un cargo de elección popular.
El problema de fondo es que ese ataque, que ya está en curso, en torno a las candidaturas independientes, es sintomático del escaso beneficio que hoy representa el sistema de partidos —y electoral, por supuesto— para el ciudadano. Se trata de un fenómeno de ceguera política de quienes encabezan los partidos políticos, pues no tienen la intención de ver cuáles son las expectativas sociales ni buscan qué perfil se espera de quienes, a través de esa vía, acceden al poder. Tampoco han analizado, caso por caso, cuáles fueron las causas que ocasionaron que, en determinados lugares del país, triunfaran los independientes.
Tal y como en su momento lo dibujara, fielmente, el escritor José Saramago, en su Ensayo sobre la Ceguera, la ceguera no sólo es el fenómeno de la ausencia de luz que padecen algunos, sino también puede ser una actitud y forma de asumir las cosas con toda y luminosidad existente. En otras palabras, ceguera también es la indisposición o negación para recibir razones (que es luz mental). De ahí que el Premio Nobel portugués dijera: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”.
