Yo quiero ser astronauta

Al día siguiente de la jornada electoral del 7 de junio, amanecimos con un par de espontáneos amenazando: “yo quiero ser Presidente”. Estos anuncios evocan aquel juego de la infancia que se recrea preguntando ¿qué quieres ser de grande? Por lo pronto, los mexicanos ya estamos conscientes de que, en los próximos tres años, viviremos saturados de noticias ociosas sobre lo que hagan, o dejen de hacer, estos actores políticos, mientras ellos se divierten con la ciudadanía jugando a “yo quiero ser presidente”.

Me refiero a los anticipados autodestapes de Margarita Zavala y Miguel Ángel Mancera, sin omitir el del trillado Andrés Manuel López Obrador. Si bien no cabría equipararlos, los dos nuevos autodestapados padecen cosas en común que deben apuntarse:

Una: La desubicación en el tiempo al pretender tomar ventaja en la competencia por la silla presidencial, y al encontrarnos a treinta meses, aproximadamente, de que inicie el proceso electoral federal 2017-2018. Dos: La falta de respeto a la institucionalidad, al pasar por alto que existen reglas constitucionales y legales previstas para garantizar la equidad en las contiendas, razón por la cual el Legislativo previó un calendario electoral con reglas y plazos. Tres: la banalidad con la que se asume la política al anunciar sus afanes presidenciables, sin exponerle a la ciudadanía cuáles son sus propósitos para que se les confíe esa máxima responsabilidad; en otras palabras: el mínimo esfuerzo por brindar una pincelada básica de para qué quieren el poder o, si como parece, se trata de satisfacer el ansia del poder por el poder. Cuatro: El individualismo con el que se manejan, al anunciarse como una opción política propia, independientemente de lo que opinen o decidan los partidos políticos de donde provienen, que revela la falta de visión grupal para poder conducir una nación como México y, además,  pone en duda la capacidades de liderazgo que exige un cargo de tal magnitud.

Ahora bien, los casos particulares merecen comentarse de forma individual. Nadie duda que Margarita Zavala tiene una trayectoria política propia ni de que, durante el gobierno de Felipe Calderón, hizo un papel decoroso que fortaleció la imagen del gobierno de su marido. No obstante esos méritos políticos, Margarita no puede deslindarse de la vida política de Calderón y, antes de postularse, debe revelar qué es lo que rechaza o convalida de la administración calderonista.

De no existir ese disclosure político, México podría estar cerca del patético escenario que ha vivido Argentina, bajo la malograda sociedad marital representada por los Kirchner. Más allá de lo antiestético y falto de pudor que pudieran parecernos esos binomios de  poder, no se pueden eludir las intenciones políticas que existen. En otras palabras: Zavala debe responder, por ejemplo, si está de acuerdo con la política de seguridad, que ocasionó más de 120 mil muertos durante la administración de su esposo, si convalida la nula capacidad para alcanzar acuerdos políticos que se presentó en ese sexenio o la ineficiencia y escándalos de corrupción de una parte del gabinete presidencial, hoy, por cierto, impunes.

Por su parte, Mancera tiene el reto de decirnos qué ha hecho en estos últimos tres años en beneficio de la capital del país y de los ciudadanos. Más allá de su cuidada figura, su administración ha sido mediocre, y que fue un factor clave para la derrota electoral que sufrió el partido político que lo llevó al poder, y del que hoy reniega. Tiene que explicar con qué equipo pretendería gobernar, cuando se ha empeñado en darle la espalda a todos los actores políticos que hicieron que llegara a donde hoy se encuentra. Esa carencia de savoir faire de la política confirma que las casualidades por las que Mancera llegó a ser jefe de Gobierno del DF, difícilmente se podrían volver a repetir.

Adicionalmente, los autodestapes reflejan torpeza política puesto que, al pretender adelantarse de forma premeditada a la sucesión presidencial, es probable que ninguno cumpla sus expectativas, pues la capacidad de cometer errores está a la orden del día. Y si bien no podremos esquivar la desquiciada difusión de sus figuras, seguramente sí nos libraremos de que nos gobiernen. Y es que, más allá de sus envalentonadas ganas de gobernar, no existe una muestra seria y profunda que nos transmita claramente para qué buscan gobernar a México. Ninguno de los nuevos autodestapados ha sido capaz de comunicar: “yo quiero ser Presidente para…” o, “me gustaría ser presidente porque ofrezco…”, o “si yo soy  presidente cambiaría…”. Por el contrario, se trata de un simple y rotundo “yo quiero ser presidente”, al igual que les digo: “Yo quiero ser astronauta”.

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