“Quítate tú pa´ ponerme yo”

Aquellos aficionados al son cubano y a la música afroantillana, seguramente, conocerán esa formidable melodía que fue interpretada por Héctor Lavoe en los años 70. El título de la canción, sin duda, es aplicable al ridículo político en que se ha convertido el caso de Marcelo Ebrard Casaubon y el lamentable consentimiento del Instituto Nacional Electoral (INE) respecto de lo que es una simulación y un uso abusivo de la figura de la suplencia a cargos de elección popular.

No es novedad que, desde hace años, los partidos políticos han prostituido la figura del suplente,  que va desde repartirse el escaño por un periodo de tiempo, hasta la coacción o chantaje para que se deje el cargo de diputado o senador y lo ocupe el suplente. Se trata de una burla a la voluntad de los electores, toda vez que son actos consentidos por los partidos políticos —y hoy de la autoridad— para aparentar quien, supuestamente, será nuestro representante y quien, realmente, se beneficiará del cargo.  Subrayo el término beneficiarse, ya que, como es el caso, Marcelo Ebrard no desea ser diputado federal para retornar a la política a través de un partido mediocre, sino que, en todo caso, busca ese escaño para obtener el fuero constitucional que le permita protegerse, cobardemente, de las consecuencias legales por los presuntos actos de corrupción por los que se le señala en el desfalco de la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México.

Recordemos que el caso más famoso  fue el del célebre Rafael Acosta, alias Juanito, quien resultó ser un respondón frente a las burdas instrucciones  que, en 2006, recibió de Andrés Manuel López Obrador para que, una vez terminada la elección, prometiera que renunciaría al cargo de jefe delegacional de Iztapalapa y en su lugar nombraría, como encargada de despacho, a Clara Brugada. No obstante que Juanito cumplió su palabra y solicitó licencia, sorprendió a todos al regresar antes de que se venciera su periodo de licencia de 60 días, recuperando lo que, por derecho, le correspondía. Otro claro abuso de la figura de la suplencia se ha dado, precisamente, con el fenómeno de las juanitas, es decir: en la simulación por parte de los partidos políticos en el cumplimiento de la cuota de género en el proceso de composición de listas de titularidad y suplencia a cargos de elección popular.

Ello propició que el Poder Constituyente, en la última reforma al artículo 41 constitucional, estipulara el deber de los partidos por “garantizar la paridad entre los géneros a las candidaturas a legisladores federales y locales”. Asimismo, que en la nueva ley electoral federal se estableciera el deber general para los partidos de integrar sus listas a todas las candidaturas bajo el principio de paridad (50 por ciento de cada género) y que cada uno de los cargos que se derivan de esa división incluya a personas del mismo género (es decir, si la propietaria es mujer, la suplente debe ser mujer).

Y así, mientras el legislador federal impone candados para obligar a que se respete la esencia de las candidaturas (que incluyen la figura de la suplencia), los partidos políticos siguen ingeniando fórmulas para darle vuelta a la ley y no respetar la voluntad de los ciudadanos. Todo ello concuerda con el criterio que empleó el TEPJF al revocar el registro que el INE otorgó a Ebrard Casaubon como candidato titular por Movimiento Ciudadano, por haber intentado, una vez más, burlarse de la ley, al estar postulado por dos partidos políticos de forma simultánea. Esto en virtud de que la ley electoral busca tutelar que, dentro del sistema electoral, el ciudadano cuente con plena claridad para ejercer su voto en torno a sus opciones políticas, a partir de identificar de forma clara las trayectorias políticas y las siglas de quien lo postula. De lo contrario, como lo ha sostenido el politólogo italiano Giovanni Sartori, fracasa el modelo democrático de representación que, está previsto, funcione a través del sistema de partidos en calidad de una marca que le facilita la identificación al votante.

Resulta lamentable, por lo tanto, que el INE, en vez de tutelar el interés colectivo de los electores para que las candidaturas cumplan con la finalidad constitucionalmente prevista, haya cedido a las presiones de quien busca, de manera desesperada, obtener una diputación federal para no enfrentar a la justicia.

Pues al haber privilegiado el otorgamiento de registro a Ebrard en calidad de suplente, admite la simulación en el uso de la figura del suplente y deja en un segundo plano el deber institucional de tutelar la esencia de la representación popular y del sistema electoral y de partidos.

Máxime cuando pareciera un desacato a lo ordenado recientemente por el Tribunal Electoral, al haber expresamente reprobado la simulación del registro y recordado cuál es la finalidad que deben perseguir los partidos en sus procesos de selección de candidato. Queda entonces la esperanza de que el órgano jurisdiccional, nuevamente, prohíba esta burda estrategia de simulación que hoy ha conseguido Marcelo Ebrard y que no es otra cosa que el clásico son “quítate tú pa´ ponerme yo”.

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