Zafarranchos y presagios

No sé si se salvará el gobierno, la sociedad, el país o no se salvará ninguno. Es más, no sé si tenemos botes salvavidas. Parece que ya ha sonado el toque de zafarrancho. Debemos conocer el tamaño del daño, calcular el tiempo que nos queda y aceptar el futuro que nos espera

Larga vida a León XIV.

El iceberg ya golpeó al trasatlántico de la política mexicana. La vida nos ha enseñado que todo es sumergible y es destructible. Con la mayor rapidez debemos aplicarnos al control de daños, al salvamento y al rescate.

No sé cuántos botes salvavidas tenemos. Por eso no sé si se salvará el gobierno, la sociedad, el país o no se salvará ninguno. Es más, no sé si tenemos botes salvavidas. Parece que ya ha sonado el toque de zafarrancho. Debemos conocer el tamaño del daño, calcular el tiempo que nos queda y aceptar el futuro que nos espera. En ocasiones, el médico tiene que decir que no se cura, el ingeniero decir que no se arregla y el abogado decir que no se puede. Yo he tenido que decirlo, incluso, al Presidente de México.

Hay males donde parece que no tenemos ni diagnóstico ni pronóstico. Uno de ellos es la corrupción. Su dimensión, su poder y su penetración lo hacen una metástasis invencible. En la fractura del Estado de derecho, tenemos que esperar a lo que nos diga la inminente elección judicial. Quizá nos lleve al éxtasis. Quizá nos lleve a la agonía. Además, se han destruido los sistemas de salud, de educación, de energía y de pensiones. Están heridos de muerte nuestro equilibrio de poderes y nuestra frágil democracia, ambos aún neonatos.

En materia de la seguridad y de la delincuencia, muchos tenemos confianza en Omar García Harfuch. Es un funcionario sensato y conocedor. Es un buen especialista, pero para esta enfermedad desconocida tenemos que utilizar una medicina experimental y aún no probada en ningún tiempo ni lugar.

Lo digo porque la delincuencia mexicana a la que se enfrenta no tiene igual en la historia por su tamaño y por su complejidad. Abarca todas las especialidades criminales, ocupa todas las regiones nacionales y practica todas las perversiones imaginables. Es muy duro decirlo, pero algo igual no lo hemos conocido, no lo hemos vivido y no lo hemos imaginado. Ante ello, la medicina que apliquemos podrá salvar o podrá matar. Sólo lo sabremos cuando la probemos.

Tenemos que aceptar que no se solucionará tan solo con la más angelical honestidad. No nos servirá tan solo la excelencia de la ley. No nos alcanzarían ni los extintos escuadrones de ejecución. Ante tan grave enfermedad social, no creo que nos sirviera ni la más brutal dictadura de ajusticiamiento, tan cruel como lo han sido las dictaduras justicialistas de derecha o tan siniestra como lo han demostrado las dictaduras fanáticas de izquierda.

El nivel ha llegado a tal grado que los criminales mexicanos ya no le temen ni a los castigos de las leyes ni a las armas de los ejércitos ni a los sufrimientos del fuego eterno. Ya no es un asunto de policías y ladrones ni de honestos y rateros ni de buenos y malos ni de cártel contra cártel ni de sexenio contra sexenio ni de país contra país.

Debe quedar en claro que el problema al que se enfrentan Omar García Harfuch, el gobierno, la sociedad y la nación es pavoroso. Los especialistas han dicho que no es tan sólo un problema de gendarmería. Es mucho más profundo, más complicado y más desconocido. Quizá también sea un problema moral, educacional, familiar, social, psíquico, generacional, aspiracional, estacional, imitativo, inductivo, grupal y de muchas génesis adicionales. Están involucrados la ley, la autoridad, el gobierno, la escuela, la familia, la ciencia, los medios, los juguetes y hasta los amigos.

Sé muy bien que la estrategia real no la pueden comunicar porque o la mantienen como secreto de Estado o la convierten en soplo de información. Hay presagios de poca cura, pero la historia nos ha enseñado que está llena de milagros.

Lo más importante no es llegar a nuestro destino de ensueño, sino salir de nuestro lugar de pesadilla. Lo más importante de la Santa María no fue llegar a América, sino salir de Europa. Han pasado cinco siglos y no han dejado de salir. Lo más importante del Apolo 11 no fue llegar a la Luna, sino salir de la Tierra.

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