Vestido de galas y tacuche de fachas

No es para chunga los 60 millones de pobres. No es para guasa los 3,500 asesinados de cada mes. No es para chacota los 70 desaparecidos de cada día. México no es un chistorete. No hagamos que así lo parezca. Nuestra política parece un circo, pero quizás es un velorio

Para Pablo Carrillo, en esta mala hora.

Nuestro sistema político se ha degradado, aún más, con las recientes pantomimas que son mitad eméticas y mitad flemáticas, para usar palabras compasivas. O, en palabras comunes, mitad arcada y mitad esputo. O, en buen mexicano, mitad guácara y mitad gargajo. No estamos nada bien. Me duele mucho decirlo, pero estamos muy mal.

Esas recancamusas son los síndromes de la debacle y del desastre. Que si hay millones de mexicanos sumergidos en el pozo de la pobreza, pues ojalá que alguien los socorra. Que si la crisis agropecuaria nos dejará sin tortillas, pues comeremos hamburguesas. Que si se nos va a acabar el petróleo, pues instalaremos tranvías. Que si se jodió Acapulco, pues que estrenen nuevos yates.

No es para chunga los 60 millones de pobres. No es para guasa los 3,500 asesinados de cada mes. No es para chacota los 70 desaparecidos de cada día. México no es un chistorete. No hagamos que así lo parezca. Nuestra política parece un circo, pero quizás es un velorio. No confundamos la carpa con la capilla ni los payasos con los muerteros.

El poder político de un gobierno se mide por su capacidad para solucionar problemas. Que proteja de la criminalidad, que solucione la pobreza, que evite la corrupción, que fortalezca la educación, que procure la salud o que, por lo menos, consuele ante las tragedias. Esto, por no mencionar un listado más grave y más angustioso.

Un gobierno que no puede hacer cumplir las leyes que él mismo decretó o que no puede mantener el orden en sus principales avenidas está perdido en la peor disfunción política. Es lo que me he permitido bautizar como un “cratoma”, es decir, una degeneración del sistema político o un cáncer en los sistemas de poder.

El hombre de Estado o el simple hombre de política puede desbarrar principalmente por siete motivos: la impotencia, la ignorancia, la indolencia, la inconsciencia, la imprudencia, la incoherencia o la indecencia. Es decir, porque no pudo, porque no supo, porque no quiso, porque no entendió, porque no calculó, porque no razonó o porque no respetó.

La impotencia proviene de su propia debilidad o de la fuerza de los que se le oponen. Porque no instaló la gobernabilidad, porque no asumió el liderazgo o porque no utilizó sus capacidades.

La ignorancia proviene de la falta de pericia, de la ausencia de información o de la incapacidad política. Porque no aprendió su oficio, porque no entrenó sus aptitudes o porque no entendió su encargo.

La indolencia proviene de las pocas ganas, de los pocos esfuerzos y de los pocos trabajos. Porque se tardó, porque se distrajo o porque se desperdició. Porque se dedicó a lo que le gustaba y no a lo que lo obligaba. Porque nunca pensó lo que su pueblo quería, lo que necesitaba o lo que soñaba.

La inconsciencia proviene porque se ilusionó, porque se engañó o porque se entercó. Es decir, porque no despertó, porque no aterrizó o porque no aceptó.

La imprudencia proviene del enojo, de la bravata o del odio. La incoherencia proviene de la estupidez, del rencor o de la envidia. La indecencia proviene de la ambición, de la inmoralidad o de la impudicia.

El político no tiene permiso para el error porque ningún profesional puede equivocarse. Yo me podría equivocar en un juego de dominó porque no soy un tahúr profesional y porque sólo me dañaría a mí mismo. Pero no me puedo equivocar en un proceso ni en un amparo ni en una consulta porque soy un abogado profesional, cobro por mi trabajo y me debo a mis clientes. Así como tampoco se puede equivocar el cardiólogo ni el ingeniero ni el piloto. Con esto aclaro que no me considero infalible, sino que me considero irredento.

Queremos tener toda una política de gala y tan sólo tenemos una política de fachas. Sin valentía para vernos en el espejo, corremos el peligro de creernos elegantes y tan sólo nos veremos ridículos. Nos arriesgamos a confundir los ropajes de etiqueta con los tiliches de pachuco.

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