Vecinos con tranchetes
Estoy seguro de que Donald Trump nos tiene mucho miedo en nuestro comercio, nuestra migración, nuestra droga, nuestra geografía y hasta nuestra política.
Me conduelo con EU por su tragedia aérea.
Muchas veces he recordado que una jovencita vienesa me preguntó que si no nos daba miedo vivir junto a Estados Unidos. Me dio pena confesar mi afirmativa y me dio vergüenza mentirle con mi negativa, porque la verdad es que sí nos da mucho miedo.
Pero, como ya estoy muy bailado, para no contestar lo de difícil respuesta le reviré preguntándole si, muchas veces, a ellos no les ha dado miedo vivir junto a Alemania. Abrió al máximo sus ojos azules y me contestó con una expresión de miedo-pánico con la que me hizo recordar su historia.
Hace algún tiempo escuché a una amiga preocupada porque un importantísimo mexicano se domiciliaría a unos metros de su casa y le inquietaba que la cantidad de guardaespaldas perturbara la tranquilidad vecinal.
Poco después se percató de que eran amables, comedidos y hasta serviciales. A su vez, ellos la consideraban prepotente y antipática. Poco después se percataron de que era sencilla y generosa. La repulsión recíproca inicial se debía a que no se conocían y tan sólo se suponían. Eso se llama prejuicio.
Esto parece una anécdota, pero realmente es un sencillo ejemplo que me sirve para complejidades. Cuando la vida puso sobre mis hombros la responsabilidad de la relación bilateral de justicia, las cosas no podían estar peor. Muy pronto tuve la fortuna de darme cuenta de que, quizá, el 80% del problema provenía de que no nos conocíamos.
En efecto, nuestras leyes eran tan distintas que hacían incompatibles nuestras investigaciones, nuestras acusaciones, nuestras pruebas, nuestras sentencias y nuestras alzadas. Ello implicaba que no podíamos colaborar, no porque no quisiéramos. Como muestra, ellos no sabían lo que era nuestro amparo y la palabra no les decía nada. Cuando un amparo no nos dejaba actuar, pensaban que no queríamos actuar y parecíamos sus enemigos.
Propuse una reunión periódica para explicarnos nuestros sistemas. Cada tres meses, nuestros equipos se reunían durante cinco días en país alterno y nos volvimos compañeros de estudio. Luego hasta nos hicimos amigos. Y no faltaron quienes se convirtieron en compadres. En menos de un año, la relación México-Estados Unidos mejoró en un 99%, tan sólo por conocernos y por abandonar nuestros prejuicios.
Hemos tenido buenos y malos tiempos. De los buenos, su colaboración en nuestros tiempos fundacionales, su oposición a la Intervención Francesa y su posición ante nuestra expropiación petrolera. A su vez, nosotros fuimos de lujo en la Segunda Guerra y en la Crisis de los Misiles. De los malos, tan sólo me quedo con la Guerra del 47 y el Plan de la Embajada. Pero, como dijo Vicki Baum, “si tienes alteza, perdona; y si no la tienes, tan sólo olvida”.
Hoy siento muy necesaria la solución del diálogo y del entendimiento. Desde hace años nos volvimos a agredir porque no nos conocemos y hasta nos tememos. Estoy seguro de que Donald Trump nos tiene mucho miedo en nuestro comercio, nuestra migración, nuestra droga, nuestra geografía y hasta nuestra política.
La diferencia esencial entre el susto y el miedo es que el susto se ubica en la realidad, mientras que el miedo se ubica en la imaginación. Susto es el que nos provocó el temblor pasado. Miedo es el que nos provoca el temblor futuro. Aquél se originó en el subsuelo. Éste se origina en nuestra mente.
No desconozco que también nos aborrece. Pero el 70% proviene de que nos teme. Y recuerdo mis vivencias para preguntarme si nuestros problemas se reducirían conociéndonos y entendiéndonos. Que nuestra mente ya no vea vecinos con tranchetes. Será que creo en la política como en el ejercicio supremo de la inteligencia, del entendimiento, de la comprensión, de la tolerancia y del arreglo. Lo que no persigue esto no es política, sino otra cosa, pero no es política.
Quiero repetir que, ante las emergencias, lo primero es no ignorar las alarmas, no estorbar la salida, no correr sin rumbo, no gritar sin sentido, no llorar sin motivo y, sobre todo, nunca demostrar miedo.
