Una fábrica de ministros
El sistema que se propone como sustituto podríamos llamarlo sistema demagógico. Los mismos electores escogen a los tres poderes. Quizá se votarían en la misma casilla y hasta el mismo día. Serían postulados por los partidos políticos y los electores tan sólo seríamos sus paleros para dizque legitimarlos. De seguro, mal equilibrio y mala garantía. Eso no sucede en ningún país serio.
De nueva cuenta resurge el eterno debate sobre el sistema de designación de los ministros de la Suprema Corte de Justicia. La discusión no es nueva, sino viejísima. Tendrá unos 200 años o quizás un poco más o quizás un poco menos.
La propuesta que ahora postula el gobierno también es rancia. La hemos escuchado en las últimas cinco décadas mexicanas porque carecemos de ideas nuevas. Por esa carencia, nuestra política actual parece un remake de otros regímenes. En ocasiones aparece con la humildad de López Portillo, con la tolerancia de Díaz Ordaz, con la elocuencia de Fox, con la inteligencia de Echeverría, con el carisma de Zedillo, con el humanismo de Ruiz Cortines o con el realismo de Ortiz Rubio.
Así que ahora se vuelve a decir que el sistema de designación no es bueno. Repito que de eso nos dimos cuenta hace dos siglos, pero no hemos encontrado uno mejor. El actual no es perfecto. El propuesto es peor. Y hay otros tres que están en las mismas.
Para comenzar, con el sistema actual la historia nos hizo una jugarreta. Primero se inventó el sistema de designación y después se inventó la atribución de la Suprema Corte. Equivale a primero inventar el piloto y después inventar el avión. No crean que estoy guaseando.
El modelo de Suprema Corte que seguimos nació en 1787 con la Constitución de Estados Unidos, como un tribunal de instancia cuyos ministros serían nombrados con la participación del Congreso y del presidente. Hasta allí, todo bien.
Pero unos años después cambió el mapa de competencias y en 1803 la sentencia Marbury vs. Madison le confirió la más alta de sus encomiendas, la del control constitucional de los actos de los otros dos poderes. Así, se convirtió en un sistema contra natura que faculta a los enjuiciados para designar a los jueces que los juzgarán. Éste es el sistema que actualmente existe en México, en Estados Unidos y en muchísimos países. Lo podríamos llamar sistema autocrático porque se genera desde dentro del poder. Más aún, en México sólo se llega a ministro con la firma y la sonrisa del presidente.
Sin embargo, no ha resultado tan malo porque los tiempos evitan que un solo funcionario designe a todos los ministros. En la actualidad, de 11 ministros, 5 fueron impulsados por el actual Presidente, dos ministros por Enrique Peña y cuatro por Felipe Calderón. Además, cabe decir que a todos los que ya hemos visto actuar de fondo lo han hecho con suficiencia profesional, aunque no siempre todos acordemos con sus criterios.
El sistema que se propone como sustituto podríamos llamarlo sistema demagógico. Los mismos electores escogen a los tres poderes. Quizá se votarían en la misma casilla y hasta el mismo día. Serían postulados por los partidos políticos y los electores tan sólo seríamos sus paleros para dizque legitimarlos. De seguro, mal equilibrio y mala garantía. Eso no sucede en ningún país serio. Se basa en preferencias, no en excelencias. El buen ministro debe ser un buen abogado, no un buen candidato.
Un tercer sistema es el burocrático, basado en la antigüedad y la carrera judicial. Es un modelo escalafonario que puede aportar expertise, pero no necesariamente el talento y la inspiración que requiere el buen ministro. Un cuarto sistema es el meritocrático y se basa en la opinión de los gremios especializados, mismos que en México ni existen ni están reconocidos para tales efectos.
Un quinto sistema podría llamarse híbrido y se basaría en una mezcla de los anteriores sistemas con 2 o 3 ministros designados por cada uno de los métodos descritos. A todo esto, se han agregado otras propuestas que llegan al absurdo y que van desde el orden alfabético hasta el sorteo azaroso.
Por eso llevamos 200 años sin encontrar la fórmula de una perfecta fábrica de ministros, pero una casa hipotecada no se salva quemándola. Recordemos que los abuelos nos decían que las ovejas siempre le temen al lobo, pero quien se las come es el pastor. Los nietos hemos aprendido que, en las malas democracias, las ovejas somos nosotros y los gobernantes son el pastor.
