Tormenta de ideas con navaja libre
En un coloquio realizado en Roma, coincidimos en que ya no sólo buscamos una filosofía del conocimiento, sino una técnica del conocimiento. Ya no sólo queremos saber lo que son las cosas o las ideas sino, además, para qué sirven, cómo se manejan y cómo se mejoran. Ya no sólo interesarnos en el “qué” sino, además, en el “cómo”.
Desde hace años, en ocasiones, nos reunimos los presidentes de varias de las academias nacionales de mayor antigüedad. Nuestra ilustre Academia Nacional de México es la más joven del mundo. Pero, también, una de las de pensamiento más moderno. Ha logrado preservar el conocimiento al mismo tiempo que renovarlo o hasta regenerarlo.
Las academias nacionales de todos los países nacieron para que el pensamiento fuera independiente del poder político, del apetito económico y del interés faccioso y, con ello, hacerlo libre de todo sometimiento, de todo acomodamiento y de todo amedrentamiento.
Este recorrido se inició hace más de 400 años, cuando Galileo Galilei y Federico Cesi fundaron la Academia de Italia, el cardenal Richelieu estableció la Academia Francesa y, poco más tarde, Carlos Darwin haría lo propio con la Royal Society. La Academia Nacional de los Estados Unidos sería fundada por Abraham Lincoln dos y medio siglos después, en plena Guerra Civil, con los fines liberales que hemos mencionado.
Un poco antes, en 1836, los mexicanos fundaríamos la Academia de Letrán, iniciativa de Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez El Nigromante y José María Lafragua, pero presidida, hasta su muerte, por Andrés Quintana Roo. Más tarde, el Ateneo de México, fundado por Justo Sierra y presidido por Alfonso Reyes. Hoy, la Academia Nacional es la heredera de aquéllas.
Sin embargo, a muchos extranjeros aún les parece exótico escuchar a un latinoamericano hablando de constitucionalidad y de democracia. Es triste reconocer que, en muchas regiones del planeta, cuando piensan en México piensan en nuestro café, piensan en nuestro tabaco o piensan en nuestro tequila. Pero casi nunca piensan nuestro republicanismo, en nuestro presidencialismo, en nuestro federalismo, en nuestro liberalismo o en nuestro constitucionalismo. Que piensan que la palabra “gobernabilidad” se escucha mejor y tiene mayor sentido en inglés, en alemán, en francés o, por lo menos, en italiano que como se oye o se entiende en español. Que los países se gobiernan mejor o peor, dependiendo del idioma de sus discursos.
Por momentos, esas mesas de intelecto se olvidan de los liberales mexicanos del siglo XIX, de los constituyentes mexicanos del siglo XX, de los ideólogos mexicanos de vanguardia y de los constructores de las instituciones mexicanas que, en muchas ocasiones, han alumbrado a los países que más presumen de politizados. Por el hecho de que no tenemos tanto dinero ni tantas armas ni tantas fábricas, se olvidan de que muchas de las ideas, muchas de las hazañas y muchas de las virtudes de la humanidad las han tenido que conocer en español.
Casi siempre, nuestras rondas se desarrollan en una “tormenta de ideas” sin agenda de ponencias. Con intervenciones a mano alzada y con navaja libre. En materia de ideas, es mejor el torrente que la sequía. En París coincidimos en que podríamos calificar al siglo XXI como el siglo del revisionismo. Hoy, todo lo tenemos en duda y esto será el espíritu de la humanidad.
En un coloquio realizado en Roma, coincidimos en que ya no sólo buscamos una filosofía del conocimiento, sino una técnica del conocimiento. Ya no sólo queremos saber lo que son las cosas o las ideas sino, además, para qué sirven, cómo se manejan y cómo se mejoran. Ya no sólo interesarnos en el “qué” sino, además, en el “cómo”.
En ronda muy interesante en Viena, comenté a nuestros colegas que las academias nacionales no tienen todas las respuestas. Solamente tenemos las preguntas. No estamos para saber qué contestar, sino para saber qué preguntar. Las respuestas no corresponden al académico, sino al estadista, al científico, al humanista, al artista, al filósofo, al profesionista o al teólogo.
Los académicos trabajan para el saber, no para el poder. Por eso nos faltan varias generaciones para llegar a ser lo que queremos ser. Pero no nos preocupe tanto el tiempo porque las academias nacionales trabajan para los siglos, no para los sexenios.
