Soñar con las transformaciones

Será porque estuve cenando al mismo tiempo que discutíamos proyecciones políticas y dicen que mezclar la comida oriental con las premoniciones de Estado no es recomendable. Será porque algunos días me lleno de mucha información política y eso puede trastornar el sueño. Será, como dice una amiga, que el que no está suficientemente confundido es porque no está suficientemente informado

Será el sereno, pero la otra noche soñé que México estaba en las vísperas de lo que llamaban una gran transformación nacional. De inmediato, la idea me entusiasmó porque sigo siendo muy partidario de los cambios, sobre todo cuando son para el bien de mi país. Mi mente onírica disfrutó que se acabarían la inseguridad, la corrupción, la pobreza, la desigualdad, el abuso, las camarillas y las ineficiencias.

Pero me duró “lo que al triste la alegría”. Porque resultaba que el gran cambio era el nombre y el domicilio de las dependencias gubernamentales. Así, pues, ya no tendrían un nombre ontológico, referido a sus atribuciones, sino un nombre teleológico, referido a sus finalidades. Adoptarían el nombre de Ministerio del Buen Gobierno, Ministerio de la Paz, Ministerio de la Riqueza, Ministerio de la Sabiduría y hasta el Ministerio de la Bondad y el Ministerio de la Felicidad.

El otro gran cambio se refería a que las propias dependencias cambiarían de edificio y de Código Postal. Que desmantelarían su oficina actual y tendrían una nueva residencia. Con estos cambios se prometía que el gobierno mexicano abandonaría sus imperfecciones y se purificaría de manera absoluta.

Desperté y, ya en la ducha, recordé mi absurdo sueño. Me reí conmigo mismo. Aclaro que no pretendo burlarme ni del gobierno que finaliza ni del que está por inaugurarse. Por el contrario, siempre me ha movido una actitud constructiva y estoy, como siempre, dispuesto a aportar lo que yo pueda en ideas y en experiencia, que no en trabajo ni en tiempo porque tengo contraídos compromisos profesionales. Desde luego, que no lo haría por paga ni por honores sino en servicio de mi país.

Pero me reí porque creo en la realpolitik y no en la política ficción. No podemos hacer política con la Utopía, de Tomás Moro, ni con el Mundo feliz, de Aldous Huxley ni con Los maestros cantores, de Richard Wagner. Desde joven me gustó y me aconsejó la descarnada realidad de los personajes de Shakespeare, de Homero o de Eurípides. Todos ellos existen, los conocemos y convivimos con ellos.

¿A qué políticos mexicanos identificamos con Paris, con Héctor, con Aquiles y con Ulises? ¿Cuál de nuestras amigas se parecen a Helena, a Hécuba, a Andrómaca o a Casandra? ¿A cuál le gustan los muy viejos, como a Electra y a cuál le gustan los muy jóvenes, como a Fedra? ¿Cuál de nuestros amigos es Hamlet, cuál es Macbeth y cuál es Romeo?

Pero no sólo me gustaban los clásicos. Todos los personajes de Walt Disney existen en la realidad. Todos ellos son nuestros compañeros, nuestros amigos o nuestros compadres. El ingenuo pato, sus astutos sobrinos, su avaricioso tío y sus primos, el afortunado y el genial. Incluso, nosotros mismos nos podemos encontrar en los clásicos o en las historietas.

Ese es el valor de la realidad en la política. Como ejemplo, lo real es que la PGR ha sufrido una atrofia mayor que requeriría de una cirugía mayor que tiene que comenzar por su comprensión y su regeneración. No se trata de cambiarle el nombre ni las siglas ni el reglamento ni el edificio ni el titular ni nada tan superficial y tan somero como ello.

Tampoco se trata de abrazar la idea tan simplista de autonomizarla o ciudadanizarla. Esta, que es la posición que ha triunfado hasta ingresar en el texto constitucional, es la reforma orgánica más insensata que he visto en toda la vida y, además, la más torpe de todas las reformas orgánicas desde que rige la actual y centenaria Constitución.

En primer lugar porque la autonomía sirve para preservar virtudes que ya existen y que pueden ser perturbadas por el poder político. Buenos ejemplos de ello han sido el Banco de México y la UNAM. La autonomía les salvó sus virtudes, no se las creó. Pero, ¿qué virtudes hay que salvar en la PGR? De verdad, ¿la autonomía puede purificar? La autonomía de la PGR es un discurso político que no resiste el menor análisis.

Después, me fui a mi desayuno y llegué al restaurante al mismo tiempo que mi interlocutor. Saludamos a varios comensales y nos sentamos. Lo primero que me preguntó fue si había dormido bien. Le contesté que tuve un plácido dormir. De inmediato me preguntó cómo veía las cosas. Comencé diciéndole que estamos viviendo el tiempo de algunos pequeños cambios. Que estamos navegando en aguas riesgosas, pero que eso no durará más de veinte años.  Simplemente se sonrió y se fue directo al tema que le interesaba. En ese momento había comenzado mi nuevo día de trabajo. La noche quedó atrás.

Presidente de la Academia Nacional de México

Twitter: @jeromeroapis

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