Llevamos tres días mirando el mundo desde afuera. Hoy toca la pregunta que todos nos hacemos: ¿y México dónde queda ante todo este escenario inesperado?
La respuesta corta es: en el centro. No en la periferia cómoda del observador que mira la tormenta desde la ventana, sino en plena intemperie, con menos paraguas del que el gobierno parece dispuesto a reconocer.
México se encuentra ante una de las encrucijadas más peligrosas de las últimas décadas. La relación bilateral con EU ha entrado en fase de ebullición. Para Trump y Marco Rubio, los cárteles en México dejaron de ser un problema de seguridad pública interna y constituyen una “amenaza estratégica” para la seguridad nacional de EU. Esa distinción no es semántica. Es el andamiaje jurídico que abre la puerta a intervenciones militares extraterritoriales y a un marco en el que la soberanía mexicana pasa a ser, en el mejor de los casos, una cortesía que Washington puede o no respetar.
La estrategia de Sheinbaum ha sido la de la no confrontación inteligente. Un estira y afloja entre amortiguar las amenazas arancelarias y preservar el principio de soberanía y no intervención, en un equilibrio que parece frágil: sin perder la calma, pero cediendo en demandas clave. Los resultados son innegables: extradiciones históricas, GN en la frontera, la caída de El Mencho y un etcétera nada despreciable. Sheinbaum ha conseguido que Trump la trate con una deferencia que no otorgó a López Obrador en sus mejores días. Pero aquí viene el problema que nadie dice con claridad: esa estrategia funciona mientras el precio que EU exige sea manejable, y éste va subiendo. Ya no se negocia comercio por un lado y seguridad por otro. Todo es lo mismo.
Y luego está Cuba. México admitió que los envíos de petróleo a Cuba están detenidos, tras el decreto de la Casa Blanca amenazando con aranceles a los países que suministren crudo a la isla. México acaba de subordinar su política exterior hacia Cuba (sostenida durante décadas como expresión de soberanía) a la presión arancelaria de Trump.
¿Cuál es el forecast real? Hay tres escenarios. El primero, el más probable, es la continuación del equilibrio precario: México sigue haciendo concesiones graduales en seguridad a cambio de protección comercial, el T-MEC sobrevive renegociado, y Sheinbaum mantiene la narrativa de soberanía para consumo interno mientras cede hacia afuera. Sostenible, pero sólo mientras Trump no eleve el costo a niveles que el gobierno no pueda absorber políticamente.
El segundo es la crisis abierta: un incidente de seguridad mal manejado, una operación estadunidense en territorio mexicano sin coordinación, o una exigencia del T-MEC que para México sea francamente inaceptable. La narrativa de Trump de que “los cárteles gobiernan México” escalaría de retórica a justificación operativa, y México se encontraría defendiendo su soberanía sin los instrumentos multilaterales que en otro tiempo funcionaban como respaldo.
El tercero (y menos discutido) es que México convierta la crisis global en oportunidad. Los bienes dentro del T-MEC no se ven afectados por los aranceles globales de Trump, lo que le da a México una ventana para profundizar su rol como plataforma manufacturera mientras el mundo se fragmenta. El nearshoring puede blindar parcialmente la economía, siempre que el gobierno genere certeza jurídica, seguridad y energía. Ahí está el nudo: la misma inseguridad que Trump usa como palanca es la que ahuyenta la inversión que México necesita para reducir esa dependencia tan asimétrica.
México no está mirando este tablero desde las gradas. La única apuesta inteligente combina pragmatismo bilateral con construcción urgente de márgenes propios que reduzcan esa dependencia estructural. No es tarea de un sexenio. Pero este sexenio es donde se decide si México empieza a construirlos o si se limita a administrar la subordinación con mejor cara que sus predecesores.
Eso también, a su manera, ya fue.
