Sistema perfecto
La política es el arte de las soluciones, no la maraña de los problemas
Como cada seis años, comienza un nuevo sexenio. Para algunos, éste les pareció pequeño y quisieran que nunca terminara. Para otros, éste les pareció eterno y desearían que nunca hubiera comenzado. Pero, como el tiempo es objetivo y no subjetivo, resulta para todos que duró dos mil 131 días. Ni uno más ni uno menos.
El reloj político avanza sin retroceso. El tiempo nunca se detiene ni se retrasa ni se anticipa. Funciona a plenitud y con absoluta autonomía. No requiere de nuestro auxilio ni solicita mantenimiento ni exige combustible. No se descompone ni se desgasta ni perece. Es infalible y es eterno. El tiempo es, por excelencia, el sistema perfecto.
Pero, además, el tiempo nunca es neutral. Siempre corre a favor o en contra. López Portillo hubiera sido un presidente insigne con un sexenio de cinco años y Díaz Ordaz lo hubiera sido con un cuatrienio. Pero les sobró tiempo y les faltó gloria. Juárez no hubiera sido nuestro gran héroe nacional si hubiera vivido cinco años más y Porfirio Díaz ocuparía ese lugar de honor si hubiera gobernado tan sólo 30 de los 31 años que gobernó.
Hoy, muchos dicen que López Obrador se salvó de un año más, porque la bomba ya está muy grande y la mecha ya está muy corta. Ya veremos, en dos años, qué dice la presidenta Claudia Sheinbaum. Por eso, las abuelas deseaban a sus nietos que, en todos los temas de su vida, nunca les faltara y nunca les sobrara.
Además de perfecto, el tiempo es integrador a plenitud. Todos vivimos en el tiempo. Todo nos acontece dentro del tiempo. Solamente los muertos no viven en el tiempo. Ellos viven en el recuerdo. En aquel lugar que está fuera del tiempo y más allá de él.
En muchas ocasiones, los humanos confundimos el recuerdo con el pasado. Así como también muchas veces confundimos la premonición con el futuro. Esto es riesgoso y peligroso. El recuerdo no es el pasado, así como la imaginación no es el futuro. El pasado y el futuro son espacios temporales. El recuerdo y la imaginación son ejercicios dimensionales.
Pero podemos mezclar la imaginación con el pasado y así suponer cómo sucedió el pretérito. Eso lo llamamos deducción y lo recibimos como regalo de la lógica. También podemos combinar el recuerdo con el futuro y, así, adivinar cómo sucederá el porvenir. Eso se llama previsión y lo recibimos como obsequio de la experiencia.
En este sexenio, hemos perdido mucho. Hemos perdido seguridad y esperanza. Con sus 200 mil asesinatos récord, 90% sin resolver. Con los 400 mil innecesarios muertos pandémicos, además de los 400 mil inevitables. Con los 43 de Ayotzinapa cada vez más confusos y embrollados. Con un cancelado gran aeropuerto internacional. Con un desabasto imperdonable de medicamentos públicos. Con selvas taladas intencionadamente. Con un millón de deserciones escolares. Con bravatas diplomáticas irracionales. Pero, además, hemos perdido el tiempo.
En la política real todos los puentes deben construirse desde el presente hacia el futuro y jamás deben instalarse desde el presente hacia el pasado. Que sirvan para avanzar y no para regresar. La política es el arte de las soluciones, no la maraña de los problemas.
El tiempo extraviado ya no se reencuentra jamás. El tiempo robado no tiene indemnización ni compensación ni reposición ni reproducción ni regeneración ni devolución ni remedio. Lo único que podemos hacer es aprovechar, con creces, el tiempo venidero. Todos sabemos lo que tenemos que hacer. El gobierno, la empresa, el consumidor, el trabajador, el patrón, el inversionista, el ahorrador, el maestro, el estudiante. El que no lo haga, no tiene permitido disculparse con que no lo sabía.
En uno de mis libros relato una parábola sobre el tiempo perdido, misma que me compartió Olegario Vázquez Raña y que la llamamos la parábola del hielo. Este relato y la respuesta que Leuconoe le dio a Trajano me han enseñado a lo largo de la vida que, si no tengo tiempo, nada me sirve. Pero si tengo tiempo, nada me falta.
