Sergio García Ramírez
Sirvió a su país de múltiples maneras y en incontables circunstancias. Lo hizo como funcionario público. Ejerció con majestad la Secretaría del Trabajo, la Procuraduría del Distrito Federal y la Procuraduría General de la República, entre muchos otros encargos del más alto nivel. Lo sirvió como catedrático y como investigador universitario...
Se fue Sergio García Ramírez. La primera noticia la recibí en una junta de alto nivel. Me la dio Ricardo Sodi, con la advertencia de no confirmada. Busqué a Raúl Contreras y estaba en las mismas. Busqué a Carmen Valles, quien no me contestó y eso ya no me gustó. Esperé unas dos horas como deseando el desmentido. Por fin me armé de valor y llamé a Ruth Villanueva. Ella siempre me contesta y me dijo que era verdad lo que yo ansiaba que fuera mentira.
García Ramírez sirvió a su país de múltiples maneras y en incontables circunstancias. Lo hizo como funcionario público. Ejerció con majestad la Secretaría del Trabajo, la Procuraduría del Distrito Federal y la Procuraduría General de la República, entre muchos otros encargos del más alto nivel. Lo sirvió como catedrático y como investigador universitario. Fundó el Instituto Nacional de Ciencias Penales y el Tribunal Superior Agrario. Lo sirvió como literato y como intelectual.
Lo sirvió mucho como político. Cuando se encargó de su partido político fue muy valiente en señalar lo que deberían cambiar para no exponerse a las más humillantes derrotas. Todos lo desoyeron; todos se equivocaron.
Tiempo después, ese eminente mexicano fue electo para presidir el tribunal que defiende los derechos humanos de quienes vivimos en América. Muy pocos mexicanos han presidido los órganos panamericanos. Antonio Ortiz Mena y Sergio García Ramírez han sido de las pocas excepciones.
La razón es antigua. Hace más de 60 años, México se convirtió en el “patito feo” de la comunidad panamericana. En un solo acto enfurecimos a los que mandan y avergonzamos a los que obedecen. Por eso he pensado que ningún mexicano presidirá la OEA en los próximos 100 o 200 años. Hasta la fecha, no me he equivocado.
Podría contar cientos de episodios vividos en 50 años con Sergio García Ramírez, pero me quedo con uno solo. No el más importante, pero muy aleccionador. Cierto día, recién iniciada la encomienda con que me honró en la PGR, entré a su despacho. Él estaba acordando con un funcionario de nivel intermedio. Quizás algún director o quizás algún delegado, quien le preguntaba a nuestro mutuo jefe sobre su deseo y sus órdenes para resolver una averiguación previa. El asunto era muy importante y el obediente quería saber si acusaba o si perdonaba.
De inmediato y con refrenado enojo, García Ramírez le contestó: “No me lo pregunte a mí, licenciado. Pregúntele a la ley lo que ella dice y lo que ella quiere. Y, sin la menor duda, obedézcala a ella, no a mí que tan sólo soy el procurador general de la República y, como usted, tan sólo estoy aquí para servir a la ley, no para servirme de ella. Ella es la única que manda y nosotros los que la obedecemos”.
Yo no era participante de esa plática, sino tan sólo un afortunado testigo que nunca ha olvidado sus palabras. Me acompañaron los seis mil días de los tres sexenios que permanecí en esas tareas. Me ayudaron a transitar en esas cavernas y, al final de cuentas, me permitieron salir limpio, salir libre y salir vivo.
Sin embargo, debemos ser precavidos ante gobernantes que, al verse cada día más aislados, más desangelados y más apremiados, puedan tomarla con furia contra una Constitución que no les agrade, contra un Congreso que no los obsequie, contra una Suprema Corte que no los complazca, contra unos estados federados que no los admitan, contra unos partidos políticos que no los apoyen, contra una burocracia que no los obedezca, contra unos medios de comunicación que no los alaben, contra una clase política que no los entienda y, al final de cuentas, lo que es peor, contra un pueblo que nos los quiera.
En fin, se ha ido quien fue mi maestro en la escuela de abogados, mi jefe en el gobierno y mi amigo en la vida. Escribo esto contra sus deseos de secrecía póstuma. Pero me amparo en la recia excusa de que, cuando muere un gran hombre, nos deja el grave problema de que nunca estaremos muy seguros de que realmente haya muerto. Quizá por eso seguiré creyendo que aún está vivo.
