Se solicitan ideas
Es cierto que también los grandes se equivocan. Pero, los errores de los gigantes pueden servirnos, no así los errores de los enanos. Cuando un elegido se equivoca, decide viajar a la India y se topa con América. Cuando un estúpido se equivoca, se pasa el “alto” y se topa con el Metrobús.
Como la política ha estado muy fatigosa, mi mente buscó un remanso. Mis ideas suelen ser muy sencillas y pueblerinas. Pero tengo la manía de recordar las ideas de los grandiosos y de olvidar las ocurrencias de los agrandados. Eso me regaló calma, pero después me asustó.
Es cierto que también los grandes se equivocan. Pero, los errores de los gigantes pueden servirnos, no así los errores de los enanos. Cuando un elegido se equivoca, decide viajar a la India y se topa con América. Cuando un estúpido se equivoca, se pasa el “alto” y se topa con el Metrobús.
Con su error, el primero asentó el teorema de la redondez del planeta, cambió la visión del mundo y estableció una nueva relación de los hombres con el universo. Con su error, el segundo cometió una infracción, bloqueó el crucero y destruyó su automóvil.
La mayor obra de los grandes hombres no es burocrática. La mayor realización de los elegidos es una idea.
El Renacimiento se dio por la aceptación de la idea de que el hombre era el centro universal y que era merecedor. Por la aceptación de esa simple idea fue que renegó de su pocilga, que abjuró de su hambre, que abandonó su mugre, que renunció a su miseria y que repudió su ignorancia. Que reclamó la libertad para él y la soberanía para los suyos. Que instaló su ley y sus instituciones.
Fue una idea muy real y muy poderosa. No fue una frase de discurso. Fue un concepto de vida. Por esa sola idea, se deshizo de su inferioridad y abrazó su superioridad. Por esa sencilla idea, se sintió superior y se convirtió en superior. Por esa simple idea, levantó la cabeza, enderezó el cuerpo y volvió a caminar en dos piernas, después de ocho siglos de no haberlo hecho. ¡Tengamos mucho cuidado de no regresar a las cavernas!
Hace 60 años, John Kennedy instaló a su pueblo en la llamada carrera espacial. En apariencia, tan sólo se trataba de llegar a la Luna antes que la URSS. En el fondo, era un toque de diana para que los estadunidenses despertaran de su ensueño de posguerra y se pusieran al frente de todas las naciones.
No fue un concurso ni un campeonato. Por esa sola idea, tuvieron que inventar materiales, astronaves, combustibles, alimentos, medicinas, máquinas, vestimentas, radios y mil más. Tuvieron que revisar y completar las teorías de Newton y de otros cien, desde Arquímedes hasta Einstein. Incluso, tuvieron que inventar el orden jurídico del espacio, el que hoy regula desde los satélites hasta internet.
Por una sola idea, cambiaron a su país y cambiaron a su mundo. No fue un paso en la superficie lunar. Fue un salto en la historia de la humanidad.
En lo político, muchos pueblos han generado ideas originales que fueron esenciales para su mundo, para el actual y para el futuro. Los romanos generaron la idea del imperio. Los franceses, la de la igualdad. Los ingleses, la del gobierno constitucional Los estadunidenses, la de la soberanía popular.
Otras ideas, como la de libertad, la de democracia, la de soberanía nacional, la de federalismo o la de derechos humanos, no tienen un autor determinado. Pero todas ellas fueron ideas que movieron y siguen moviendo el destino del hombre.
México ha creado dos ideas propias que fueron estelares y luminares. La Reforma Liberal del siglo XIX, en la que fue autor original y que han imitado cuatro de cada cinco naciones. Y la Revolución Social del siglo XX, en la que ha tratado de ser copiado, pero el modelo mexicano no ha podido ser reproducido.
Sin embargo, en algún momento dejamos de producir ideas políticas. Desde nuestra reforma política de 1978, en casi medio siglo el invento político mexicano más importante ha sido una credencial de elector. No un sistema de poder o de convivencia, sino un plástico con fotografía. En algún momento nos atoramos y lo malo es que seguimos atorados.
Con eso, enfrentaremos tres riesgos. Uno, el de no innovar y entonces retroceder. Dos, el de no inventar y entonces copiar. Tres, el de cargar la vergüenza de anunciar que en México “se solicitan ideas”.
